
Los expertos señalan que quienes realizan este gesto suelen tener una visión más optimista del mundo, lo que se traduce en una vida más satisfactoria. Además, apuntan que este tipo de cortesías refuerzan la conexión entre las personas, incluso cuando son completos desconocidos.
No se trata sólo de educación. Este comportamiento se asocia psicológicamente con la atención plena, una técnica que ayuda a centrarse en el aquí y el ahora, lo cual permite relativizar el estrés. Concretamente, los estudios en gratitud muestran que el acto de dar las gracias (incluso de forma mínima) activa regiones cerebrales relacionadas con la calma y el bienestar, propiciando la liberación de dopamina y serotonina, dos neurotransmisores imprescindibles para la felicidad.
Otro rasgo que se pone de manifiesto en estas personas es la empatía, el ponerse en la piel de otro. Ser conscientes de que un conductor ha hecho un esfuerzo para detenerse implica así el ponerse en su lugar, y la empatía es crucial para la convivencia y para poder mantener relaciones.
Y aún hay más: la práctica habitual de la gratitud (ya sea verbalmente o a través de gestos) contribuye a reducir la ansiedad, mejorar la autoestima y aumentar la capacidad de afrontar bien situaciones adversas. Puede incluso contribuir a aumentar la calidad del sueño y a estimular el sistema inmunológico.
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