
En una conversación llena de risas y mucha verdad, Andrés ha echado la vista atrás para confesar la gran lección que le dejó su anterior trabajo, Viaje de Vida y Sesiones Moraima 2, y cómo ha cambiado su forma de entender la música en un mundo gobernado por las redes sociales.
Con la honestidad que siempre le ha caracterizado ante los micrófonos, el de Ferrol no ha tenido reparos en admitir el bache que vivió en su etapa anterior, cuando la presión de la industria le hizo desviar la mirada de lo verdaderamente importante: el arte.
«Me equivoqué en mi disco pasado. Cometí el error más humano del mundo. Resulta que pensé por primera vez en las cifras. Yo no dormía pensando en las listas».
Sus amigos más cercanos le advertían que se preparara para un éxito abrumador; sin embargo, las cosas no salieron como se planeaban sobre el papel. «Pues resulta que vino menos gente a los directos o que vino gente pero que no llenamos lo que vienen siendo los grandes, grandes recintos», confiesa con total naturalidad.
Esta experiencia le ha hecho empatizar profundamente con las nuevas generaciones de músicos, a quienes defiende frente a las críticas. Para Andrés, los jóvenes de hoy sufren la tiranía de la tecnología: «Han crecido con este maldito tumor llamado algoritmo en la mano y están comparándose todo el día». Por eso, les lanza un valioso consejo terapéutico: «Usted tiene que hacer canciones, no números».
Otro de los momentos más emotivos y humanos de la entrevista llega cuando Andrés Suárez echa la vista atrás para recordar sus duros inicios en Madrid, una etapa marcada por la escasez y el arte callejero. Con el corazón en la mano, Andrés rememora la época en la que dormía en un cajero de Caja Madrid en el barrio de Tetuán.
En este punto, el artista aprovechó para rendir un sincero homenaje a Julián, el dueño del mítico local Libertad 8, quien creyó en su talento cuando nadie más lo hacía. A pesar de que a los primeros conciertos solo asistían cinco o diez personas y el local perdía dinero, Julián se negó a dejar de programarlo, prometiéndole que tocaría allí hasta que el bar se llenara hasta la calle.
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