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Antes de que lo digas, tu perro ya lo siente: así reconocen las mascotas las emociones de sus dueños

Estos interpretan señales físicas y emocionales para comprender el estado de ánimo de su humano

Paula Calamonte
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Perro y personas
Quienes conviven con un perro o un gato suelen afirmar que sus mascotas saben cómo se sienten incluso antes de que lo expresen. Aunque durante años esta percepción se consideró una simple intuición humana, hoy la ciencia respalda la idea de que los animales domésticos poseen una sorprendente capacidad para detectar y responder a las emociones de sus dueños.

Las señales invisibles que los perros aprenden a descifrar

Los perros en particular han desarrollado una sensibilidad excepcional hacia las señales humanas. Tras años de convivencia con las personas han aprendido a interpretar nuestros gestos, tonos de voz e incluso cambios fisiológicos sutiles.

Estudios recientes muestran que pueden identificar variaciones en la frecuencia cardíaca, el olor corporal asociado al estrés y las micro-expresiones faciales que a menudo pasan desapercibidas para otros humanos. Esta habilidad no solo les permite anticipar nuestras reacciones, sino también ajustar su comportamiento para acompañarnos emocionalmente.

La clave de esta conexión radica en la comunicación no verbal. Los animales son expertos observadores y dependen de estas señales para sobrevivir y relacionarse. En el entorno doméstico, esta habilidad se transforma en una especie de empatía funcional: no sienten nuestras emociones como lo haría un humano, pero sí perciben los cambios y actúan en consecuencia.

Además, la relación emocional entre humanos y mascotas es bidireccional. Cuando un perro detecta que su dueño está triste y se acerca para consolarlo, ahí está respondiendo a un estímulo y también, está reforzando un lazo afectivo que beneficia a ambos. Además, numerosos estudios señalan que la interacción con animales reduce los niveles de cortisol, aumenta la oxitocina y mejora el bienestar general.

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En definitiva, nuestras mascotas no necesitan palabras para saber cómo estamos. Su capacidad para leer nuestras emociones es el resultado de una larga historia compartida y de una sensibilidad que, en muchos casos, supera la de otras personas.

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