
-El aburrimiento y la necesidad de atención: La psicóloga Carmen Durán señala que la ausencia de actividades reguladas favorece la aparición de conflictos: «Ni actividad regulada, aparece el roce. Pero el problema no es solo el tiempo libre. El verdadero detonante es que no estamos educados para tolerar el aburrimiento ni la frustración».
La especialista añade que muchas peleas cumplen también una función emocional: «Pelear es, a menudo, una forma inconsciente de decir: Mírame, aquí estoy. Si uno de ellos siente que solo logra captar la mirada de sus progenitores molestando, lo seguirá haciendo. Y peor aún si esa conducta le funciona».
-Acompañar las emociones y poner límites: Por su parte, la psiquiatra Lourdes García Murillo subraya la importancia del acompañamiento en estos conflictos. En su opinión, lo fundamental no es evitar las peleas a toda costa, sino abordarlas desde una gestión más consciente: «Lo fundamental no es evitarlos a toda costa, sino acompañarlos en la clarificación de sus emociones, estableciendo límites amables y claros».
-Búsqueda de soluciones propias: Los expertos coinciden en que los menores deberían encontrar una solución a sus problemas de forma individual, a base de reflexión y utilizando frases como «los dos queríais el balón y no habéis podido jugar ninguno, ¿cómo podíais haberlo hecho? ¿Qué se os ocurre ahora?».
En este sentido, el papel de los adultos resulta clave no solo como mediadores, sino también como guías en el desarrollo emocional de los menores.