
«Mi padre hizo una cosa que estaba muy bien hecha, que es que me hizo pagar la guitarra con mi sueldo», explica. Más que una anécdota, el músico lo recuerda como una lección que le acompañaría desde el principio.
No era un instrumento especial ni destacaba por encima de otros. Sin embargo, con los años ha adquirido un peso distinto. «Hoy es la mejor guitarra del mundo», asegura. Y no por cómo suena, sino por lo que ha vivido.
Con ella fue dando forma a algunas de las canciones que terminarían siendo éxitos con millones de ventas, como Mi soledad y yo, Corazón partío, Y, ¿si fuera ella? o La fuerza del corazón. Temas que definieron mu bien la esencia de Alejandro en sus comienzos.
Antes de esa guitarra, hubo otra que ya le acompañaba en casa: la de su padre. En su infancia en Moratalaz empezó a familiarizarse con el instrumento, en un entorno donde la música formaba parte del día a día. Ese primer contacto fue el punto de partida. Pero comprar su propia guitarra supuso dar un paso más. Asumir que aquello no era solo una afición, sino algo que quería tomarse en serio.
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