
Esa ruptura se produce con la publicación de su tercer álbum, Monstruos, donde aparece de forma reconocible la cara de un niño que se encuentra haciendo kárate, un José Miguel Conejo de pequeño. Una imagen que conecta directamente con las emociones que transmite el disco, muy ligado a los miedos infantiles, la memoria y la vulnerabilidad.
Este detalle convierte el disco en una pieza singular dentro de su colección musical. Es el único álbum donde el rostro humano se muestra de forma completa, sin filtros ni elementos que lo oculten.
En el resto de trabajos, Leiva apuesta por otras formas de representación. En Diciembre, aunque aparece una figura humana, el rostro queda parcialmente oculto entre sombras, cabello y un sombrero de ala ancha. Algo similar sucede en Pólvora, donde las figuras están presentes pero sin protagonismo facial, diluidas en una escena íntima y luminosa.
La tendencia hacia lo conceptual se acentúa en Nuclear, con una portada minimalista en la que una mancha negra sugiere un corazón. Aquí no hay figura humana, solo emoción traducida en forma. El lenguaje visual se amplía en Cuando te muerdes el labio, con una composición ornamental de inspiración artesanal: lobos, lunas y elementos geométricos que sustituyen cualquier referencia directa al artista.
MÁS SOBRE: