
Durante una década, entre 2000 y 2010, el artista vivió sin freno: «Yo no paraba, no paraba», reconoce. Su vida era un bucle constante de estudios de grabación y giras. El colombiano se encontraba en su etapa de mayor esplendor musical con los álbumes Un día normal, Mi sangre o La vida… es un ratico. «Entra, disco, grabe, salga de gira, vuelve, entra», explica. En ese momento, todo tenía sentido: «Y todo me parecía maravilloso porque era éxito».
Pero ese ritmo tenía un precio a pagar. Y el más alto fue el tiempo. «Se llevó mucho tiempo que tenía que haber compartido con mis hijos», confiesa. De hecho, no duda en señalar qué fue lo más doloroso: «Lo que más duro me dio de todo lo que me pasó fue el tiempo que tuve que pasar lejos de casa cuando quería estar con mis hijos… cuando estaban pequeñitos«.
Momentos cotidianos, irrepetibles, que no pudo vivir. «Cuando tenía que ir al colegio, cuando tenía que estar ahí y no pude», recuerda. Una ausencia que, poco a poco, fue dejando huella.
Con el tiempo, esa intensidad acabó pasándole factura. Y lo explica con una imagen muy clara: «Es como los ‘pits’ en la Fórmula 1. Si no vas y cambias la llanta o le echas gasolina a los frenos, te estrellas». Eso fue exactamente lo que sintió. «Yo no supe controlar bien el momento», admite. Hasta que llegó el punto de ruptura consigo mismo.
«Un día me levanté, me miré al espejo y yo no me reconozco. No soy yo. Esto no es lo que yo quiero», explica. Ese instante marcó un antes y un después y lo demuestra en una de sus últimas canciones, Timelapse de sol. Una colaboración, junto a Rawayana, en la que pone en valor precisamente eso: el paso del tiempo y la importancia de no dejar que pase.
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