
Es un hecho probado que estos pelos son mucho más que un detalle estético para estos animales. Lo que comúnmente llamamos bigotes son en realidad vibrisas, auténticos sensores biológicos conectados al sistema nervioso del gato. Su función es crucial, pues permiten al felino orientarse en la oscuridad, valorar distancias, detectar vibraciones o cambios sutiles en el aire. Estas vibrisas trabajan sin descanso y recopilan información constante del entorno.
La teoría de la fatiga de los bigotes sostiene que cuando un estímulo es repetitivo o no aporta información útil, como es el caso del roce continuo con los bordes de un cuenco profundo, el gato puede experimentar sobrecarga sensorial. Esto puede suponerles un estado de irritación que puede afectar al momento de comer o beber.
También destacan señales que se repiten muy a menudo: gatos que sacan la comida del cuenco para comerla en el suelo, que merodean el plato sin atreverse a acercar la cabeza o que incluso se muestran más irritables a la hora de alimentarse.
Además, ¿sabías que a través de la posición de los bigotes los gatos también manifiestan sus emociones? Unos bigotes caídos suelen asociarse a un estado relajado, mientras que unos más proyectados hacia adelante pueden indicar incomodidad o dolor.