
El artista explicó que su primer contacto con la guitarra llegó siendo muy pequeño, cuando apenas tenía nueve años. Apuntado a clases de guitarra flamenca, un estilo que apasionaba a su madre, Álvaro se encontró con un método de aprendizaje que no encajaba con su forma de ser.
«Siempre he sido hiperactivo», reconocía, y aquellas clases, demasiado técnicas y poco didácticas para un niño inquieto, acabaron alejándolo del instrumento. «El método era aprender de repente arpegios y solos. Era muy complicado«, explicaba, llevándole a rechazar las clases.
Sin embargo, fue a los 16 cuando la historia dio un giro inesperado. Un verano rodeado de amigos, canciones y noches compartidas marcó un antes y un después. El cantante procedente de Sevilla ya escribía poesía, le gustaba cantar y, casi sin darse cuenta, empezó a aprender a tocar la guitarra de una forma natural, sin imposiciones ni presión académica.
«Pasábamos las tardes y las noches cantando todo el verano», recordaba. Aquella experiencia colectiva y espontánea convirtió lo que antes había sido frustración en pura pasión.
Desde entonces, la guitarra no solo se convirtió en una herramienta, sino en una extensión de su música. Canciones como Juramento eterno de sal o Todo contigo son un claro ejemplo de cómo este instrumento aporta cercanía, intimidad y verdad a su sonido. Refuerza así esas letras que conectan directamente con su público.