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La Oreja de Van Gogh inaugura sus conciertos en Madrid con una Amaia Montero capaz de silenciar a quienes no confiaban en ella

El esperado regreso de la banda a la capital

Adriana Díez
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Amaia Montero en el concierto de LODVG

Lo de La Oreja de Van Gogh este jueves en el Movistar Arena de Madrid no ha sido un concierto más de su gira Tantas cosas que contar, sino el regreso de una de las bandas más icónicas de nuestro país a la ciudad que fue testigo de su enorme éxito y de algunas de las citas más importantes de su trayectoria. La última de ellas tuvo lugar en 2007: su último show en la capital antes de que Amaia Montero emprendiera su camino en solitario.

Desde el primer instante, la emoción se apoderó del recinto, ya que la cantante vasca apareció sobre el escenario visiblemente emocionada y dejando claro lo importante que era esta velada para ella, con un discurso en el que reconectaba con sus inicios: «No tenéis ni idea de las veces que hemos soñado con este instante. La Oreja de Van Gogh no se explica sin Madrid. Ha pasado mucho tiempo, es como una vuelta a casa». Bastaron esas palabras para que el público entendiese que no estaba viviendo un recital cualquiera, sino un reencuentro histórico cargado de sentimiento y verdad.

La Oreja de Van Gogh nos abre una puerta directa a los 2000

La noche se consolidó como un viaje directo a los años 2000, una época en la que lo difícil era no escuchar el repertorio de la banda en cualquier fiesta o celebración. Los de San Sebastián han sabido evocar nuestro lado más nostálgico, por ello muchos de los fans asistentes se reencontraban con su pasado, con su infancia o adolescencia, otros, en cambio, disfrutaban por primera vez de este fenómeno cultural sobre el escenario. Pero, sin duda, lo que unía a todas las generaciones presentes era la oportunidad de ser partícipes de un reencuentro que ya es historia de la música española.

La ocasión perfecta para demostrarnos que la donostiarra es la reina del pop, esa artista que nos envuelve en una maldita locura y que nos recuerda que siempre podremos contar con ella. Muy cercana al público y entregada, no dejó de interactuar con los asistentes en ningún momento. Constantemente ponía el micrófono hacia las gradas para que el público cantara con ella, convirtiendo cada canción en un momento compartido. Porque si algo quedó claro durante toda la noche es que la música, para Amaia, significa unión.

Getty

El espectáculo visual fue otro de los grandes protagonistas. Un impresionante juego de luces con estructuras cuadradas reflejaba en directo la energía de los presentes mediante imágenes proyectadas, haciendo que la plataforma principal y los fans formasen parte de una misma experiencia emocional.

La vocalista apareció con un look muy llamativo y rompedor: botas fluorescentes y una falda de brillantes plateados que movía con desparpajo sobre el escenario, haciendo que cada sencillo tuviera todavía más vida. Una estética en la que no faltaban los colores neón, lo que podría simbolizar aquellas tendencias que marcaron los años dos mil.

Un repertorio histórico interpretado a la perfección

Si algo quedará para siempre en nuestra memoria, es la estampa de ver a miles de personas cantar al unísono, segundo a segundo, cada uno de los himnos del grupo.

Uno de los momentos cumbre llegó con Mariposa, en una espectacular puesta en escena donde la cantante ascendía sobre una plataforma circular mientras al fondo aparecían unas enormes alas de mariposa. Por un instante parecía que volaba sobre la infinitud, regalando una de las imágenes más potentes y simbólicas de toda la noche.

Imagen propia

Otro instante para recordar llegaba con Tan guapa. Xabi San Martín comenzó interpretándola en solitario al piano, en un ambiente completamente íntimo y silencioso, poco después se unía Amaia y juntos construían un dúo perfecto, evidenciando la química y conexión que existe entre ambos. Más tarde se sumó el resto de la banda y, al terminar la canción, ambos se fundieron en un tierno abrazo que emocionaba absolutamente a todos los que fuimos testigos.

Durante el evento hubo tiempo para todo: nos poníamos muy románticos con piezas como Cuéntame al oído y asaltábamos la pista con Reina del pop, que transformaba el recinto en un auténtico espectáculo ochentero, lleno de colores y con una enorme bola de discoteca de fondo, convirtiendo la capital en una fiesta colectiva.

Pero si hubo un instante en el que el entusiasmo terminó de desbordarse fue con La playa, uno de los grandes himnos de su discografía, y es que la protagonista no podía contener la emoción mientras demostraba una capacidad vocal que nos hacía pensar que no habían pasado los años desde que escribió la canción más bonita del mundo.

Y entonces llegó Rosas, otro de los éxitos de su repertorio y la intérprete repetía constantemente que no olvidáramos ese momento mientras el público continuaba la canción prácticamente a capela. Durante varios minutos, todos éramos uno, algo difícil de explicar para quien no estuvo allí. Al dar voz a Adiós, invitó al público a corear junto a ella el eterno «adiós, mi corazón» y tras escuchar las voces de sus admiradores, solo pudo responder con una palabra: «Impresionante».

Como no, el espectáculo finalizó con Puedes contar conmigo, haciendo que pareciera temblar el recinto por lo que significaba poder escucharlo en directo.

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Amaia Montero silencia a quienes dudaron de ella

Con elegancia, talento y una presencia arrolladora, supo silenciar el ruido de quienes no confiaban en ella. Montero llegó a cada nota con una sensibilidad impecable, demostrando una capacidad vocal brillante, y es que solo siendo testigo se puede comprender lo que la vasca es capaz de hacer sobre la tarima.

Está claro que la noche del 28 de mayo de 2026 se ha convertido en una de esas fechas en las que ha quedado demostrado que LODVG no es solo un grupo: es historia, es legado y es un refugio emocional compartido por generaciones enteras. Gracias, Amaia Montero, Xabi San Martín, Haritz Garde, Álvaro Fuentes e Imanol Goikoetxea, por hacer posible una velada que ya forma parte de la memoria colectiva y que nos ha hecho vibrar como no lo habíamos hecho nunca.

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