
Sin embargo, para otro segmento de la población, los abrazos no suponen una sensación de bienestar, sino de comodidad. Hay muchos que no toleran que alguien invada su espacio personal, independientemente de lo cercana que sea la relación.
Este tipo de personas son tachadas injustamente como personas frías; sin embargo, la psicología explica los factores personales y psicológicos que hay detrás y que han condicionado estos rasgos. Así, se demuestra que evitar el contacto físico no demuestra una falta de afecto, sino una manera diferente de experimentarlo.
La psicóloga Yelissa Chara sitúa el origen de estas conductas en los primeros años de vida: «Desde que nacemos, sentimos la necesidad de ser queridos y recibir gestos de cariño por parte de nuestros padres», desarrolla. Sin embargo, advierte que «la ausencia de alguno de estos elementos nos puede llevar a experimentar carencia afectiva y, consecuentemente, sentimos rechazo a los abrazos». En este sentido, la manera en la que nos enseñan a relacionarnos con el afecto durante la infancia puede influir en cómo recibimos el contacto físico en la edad adulta.
Según Suzanne Degges-White, una profesora de la Universidad de Chicago, quienes crecieron en hogares donde los abrazos eran unas muestras de afecto habituales, suelen sentirse cómodos con el contacto físico. Y por el contrario, quienes no vivieron de manera muy cercana este tipo de muestras, suelen desarrollar a la adultez una mayor resistencia hacia ellas.
En esta línea, uno de los conceptos que más aparece en la literatura psicológica es el del apego evitativo. Las personas con este tipo de apego suelen sentir cierta incomodidad ante una excesiva cercanía física o emocional y prefieren mantener un mayor control sobre sus límites personales. De esta forma, rechazar un abrazo no significa estar rechazando a la otra persona, sino que es una forma de controlarse frente a una situación que viven como demasiado invasiva.
La experta Mayela Pérez también ha querido profundizar en el papel de la infancia y la relación con los padres. «Tus experiencias de la infancia también importan, ya que, aunque ahora tus papás sean afectuosos, tal vez cuando eran pequeños pasaron eventos difíciles que hicieron que no estuvieran emocionalmente disponibles para ti al 100%. Pudiendo generarse así un apego evitativo o hasta desorganizado».
Por tanto, que una persona no disfrute de los abrazos no significa que sea fría, distante o que no te quiera. Según varias expertas, detrás de este ‘rechazo’ hay una combinación de experiencias personales o estilos de apego que condicionan la manera de relacionarse con los demás y con el contacto físico.
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