
Las primeras referencias a este dulce tal y como lo conocemos hoy se remontan al siglo XV. Sin embargo, en aquel momento no se trataba de un postre típico para disfrutar en celebraciones, sino de un alimento pensado para ayudar a las mujeres después de dar a luz. De hecho, recibían el nombre de ‘sopas de partera’, ya que se ofrecían a las madres recientes por su alto valor energético.
Se creía que este preparado, a base de pan, leche o vino, huevo y azúcar o miel, ayudaba a la recuperación tras el parto. Además, también se pensaba que favorecía la producción de leche materna. Era, por tanto, un alimento funcional, nutritivo y accesible.
El salto de las torrijas hasta convertirse en el dulce estrella de la Semana Santa no fue algo planificado. Más bien ocurrió casi por casualidad, impulsado por las costumbres religiosas de la época. Así lo difunde para los más jóvenes en sus redes sociales la creadora de contenidos Sandra Mourizz.
Durante la Cuaresma, el periodo de 40 días previo a la Semana Santa, la tradición cristiana marcaba la abstinencia de carne. Esto obligaba a muchas familias a buscar alternativas económicas, fáciles de preparar y que además saciaran.
Y ahí es donde entraron en juego las torrijas. Sus ingredientes eran básicos y estaban al alcance de casi cualquiera: pan duro, que así no se desperdiciaba, leche, huevos y azúcar. Además de ser económicas, eran contundentes y aportaban energía, lo que las convertía en una opción ideal para esos días.
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