
Calor hemos pasado muchísimo… pero hay quién por desconocimiento biológico se hace la siguiente pregunta: si la temperatura normal del cuerpo humano es de 37 grados, ¿por qué sentimos tanto calor cuando en el exterior hay 36 °C?
La respuesta es sencilla y responde a cómo regula nuestro organismo la temperatura corporal con una necesidad constante de expulsar el calor que genera.
Lo más sencillo es explicarlo con un ejemplo sencillo: nuestro cuerpo funciona como un motor que nunca se detiene y por ello, a través del metabolismo produce energía de manera continua generando calor.
A consecuencia de ello, nuestro organismo para mantener una temperatura interna estable, cercana a los 37 grados, necesita liberar ese exceso térmico al exterior.
Y ahí, está la clave: en el llamado gradiente térmico que es la diferencia de temperatura entre nuestro cuerpo y el entorno. Cuando la temperatura exterior se sitúa entre los 20 y los 24 grados, el organismo puede desprenderse del calor de forma sencilla a través de la piel, sin apenas esfuerzo.
Sin embargo, cuando la temperatura ambiente alcanza los 36 grados, la diferencia entre ambas -la exterior y la corporal- es de apenas un grado. En estas condiciones, el aire ya no puede absorber con facilidad el calor que genera nuestro cuerpo, por lo que este comienza a acumularse.
¿Y qué hace nuestro cuerpo ante esta situación? Activa los mecanismos de refrigeración. El hipotálamo, la región del cerebro encargada de regular la temperatura, aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel y las glándulas sudoríparas se ponen en marcha.
El sudor se convierte entonces en la principal herramienta para enfriar el organismo. Al evaporarse sobre la piel, ayuda a disipar parte del calor acumulado. Sin embargo, este proceso exige un esfuerzo adicional al cuerpo, especialmente cuando la humedad ambiental es elevada, ya que la evaporación se vuelve más difícil.
Por este motivo, la sensación de agobio que experimentamos en los días más calurosos no se debe únicamente a la temperatura exterior. En realidad, es la señal de que nuestro organismo está trabajando a contrarreloj para evitar un sobrecalentamiento.
La situación se complica cuando la temperatura ambiental supera los 37 grados. En plena ola de calor, como las que hemos vivido este verano, el cuerpo ya no solo tiene dificultades para expulsar calor, sino que además puede llegar a ganar calor procedente del ambiente.
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