
Lejos de ser siempre una señal de mala educación o de agresividad, el volumen con el que nos comunicamos es un reflejo directo de nuestro mundo emocional. Los expertos en conducta humana desvelan las verdaderas razones por las que alguien sube los decibelios:
En muchas ocasiones, elevar la voz es un mecanismo de defensa que se activa cuando la persona siente que sus opiniones no están siendo valoradas o que el resto del grupo no le está prestando la suficiente atención. No se trata de pisar al otro, sino de un grito de auxilio inconsciente que dice: “Por favor, escuchadme”.
El entusiasmo desmedido, la frustración acumulada o la impotencia alteran nuestro sistema nervioso. Cuando las emociones toman el control, la capacidad de regular nuestra intensidad física disminuye, haciendo que el volumen suba de forma automática sin que la persona sea del todo consciente de que está casi gritando.
La psicología también apunta a la mochila que arrastramos. Haber crecido en hogares con familias muy ruidosas o dinámicas de comunicación donde “el que más gritaba era el que ganaba “hace que este comportamiento se normalice y se replique en la vida adulta como algo completamente natural.