Es probable que a lo largo de los últimos días hayas escuchado hablar de los nitazenos, el opioide sintético que había consumido el joven que falleció en Navarra el pasado mes de agosto de 2024 -caso que se ha conocido ahora-. Con un nivel de toxicidad mayor que la de drogas como el fentanilo o la heroína, ya ha ocasionado la primera muerte documentada vinculada a su consumo.
Estos opioides que también se conocen como nitazepinas o nitazenoides son extremadamente potentes y se desarrollaron principalmente a lo largo de la década de los 50 para actuar como analgésicos, aunque debido a la gran adicción que podían llegar a generar nunca llegaron al mercado.
La potencia de algunos nitazenos puede llegar a multiplicar por 100 la de la morfina y hasta 20 veces la del fentanilo, por lo que es una de las sustancias más peligrosas que se pueden encontrar en la actualidad.
Su fórmula puede ser letal, y es que con cantidades mínimas son capaces de provocar depresión respiratoria y su consecuente muerte por sobredosis, afectando gravemente incluso a consumidores de otros opioides. Además, el problema se agrava al saber que es necesaria mucha más cantidad de naloxona -el medicamento que revierte los efectos de la sobredosis- para paliar una intoxicación por nitazenos.
Y puede llegar a consumirse sin saberlo, ya que en Europa se han detectado casos de mezclas con cocaína, heroína u otros estupefacientes, por lo que muchas víctimas pueden llegar a su ingesta sin quererlo ni ser conscientes para poder remediarlo.
El crecimiento de estos opioides es notable a raíz de la facilidad de su producción, al poder fabricarse en laboratorios clandestinos, y por el bajo coste que engloba su producción. En el organismo, los efectos que se pueden llegar a producir son sensación de sedación profunda, analgesia, contracción de las pupilas, depresión respiratoria o pérdida de consciencia.
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