
Copacabana no es un venue cualquiera: es uno de los pocos escenarios del mundo donde el directo se mide en millones y no en aforos. En ese contexto, la colombiana plantea un concierto que combina sus grandes hits —del pop latino más masivo a sus momentos más coreográficos— con una producción diseñada específicamente para el formato open air.
El dispositivo técnico incluye 32 torres de sonido e iluminación y una pantalla de 74,5 x 24 metros, un refuerzo visual clave para sostener la experiencia en un concierto donde la distancia forma parte del propio concepto
Como previa, la organización ha activado a la comunidad con clases abiertas de “Waka Waka” los días 19 y 26 de abril, convirtiendo uno de sus hits más reconocibles en eje de participación colectiva antes del show.
En paralelo, Shakira ha ido generando conversación desde Brasil con contenido propio en redes, en una estrategia que conecta lo digital con el terreno y anticipa un evento de fuerte componente popular.
El concierto llega en un momento de renovada visibilidad global para la artista, y funciona también como reafirmación de su potencia en vivo: un formato donde catálogo, baile y conexión con el público siguen siendo centrales.
La demanda internacional lo respalda —con especial tracción en Argentina y Estados Unidos y más de 8.500 nuevas plazas aéreas habilitadas— en un evento que vuelve a situar a Río como uno de los grandes polos del circuito global de directos masivos.
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