
A lo largo de estos años, vestir de un solo color se ha convertido en una seña de identidad para la artista. Tonos neutros como el blanco, el negro o los beiges conviven con colores más intensos como el rojo, el azul o el verde, siempre adaptados a la emoción de cada momento y actuación. El resultado es una imagen limpia, sofisticada y elegante, que pone el foco en su voz y en la interpretación, sin distracciones innecesarias.
Además, esta apuesta estilística encaja a la perfección con el momento vital y profesional que atraviesa la cantante. Pastora Soler se encuentra en una etapa de madurez artística, en la que predomina la esencia sobre el exceso. Los conjuntos monocromáticos refuerzan ese mensaje: una artista segura de sí misma, que no necesita artificios para brillar y que sabe exactamente lo que quiere transmitir sobre el escenario.
El “todo al mismo color” permite jugar con texturas, volúmenes y tejidos, aportando elegancia y armonía. Vestidos fluidos, trajes de dos piezas o conjuntos minimalistas se convierten en aliados para una puesta en escena elegante y atemporal, muy en sintonía con el carácter de su repertorio.
Con su gira Rosas y Espinas, la artista lleva meses celebrando junto a sus seguidores los 30 años que ha recorrido en la industria musical, y, recientemente, ha anunciado a través de una publicación de Instagram que se añaden dos nuevas fechas a su serie de conciertos, una el 26 de abril en Logroño, y otra el 27 de agosto en Pamplona.
Vemos cómo la cantante aparece con un vestido que, sin duda, nos recuerda a su actuación en el Festival de Eurovisión en Bakú, Azerbaiyán, en el año 2012, dónde muchos/as la conocimos por primera vez.
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