
Los expertos señalan que uno de los motivos más comunes es la sobreestimulación. La calle está llena de ruidos, olores, personas y otros animales que pueden resultar abrumadores para un perro que no ha aprendido a procesar tantos estímulos. En estos casos, el ladrido funciona como una válvula de escape. Para ayudarle, recomiendan paseos más tranquilos, rutas menos transitadas y ejercicios de olfato que reduzcan la excitación y aumenten la concentración.
Otro desencadenante habitual es el miedo. Un perro inseguro puede ladrar para mantener a distancia aquello que le asusta: bicicletas, otros perros, coches o incluso personas desconocidas. Aquí la clave está en trabajar la desensibilización progresiva, es decir, exponer al animal a esos estímulos a una distancia segura y aumentar la proximidad poco a poco, siempre reforzando con premios y calma.
También existe el ladrido por frustración, típico de perros que tiran de la correa, quieren llegar rápido a un lugar o se sienten limitados por el control del dueño. En estos casos, los expertos recomiendan enseñar a caminar sin tensión, premiar los momentos de calma y evitar los tirones, que solo aumentan la ansiedad.
La socialización juega un papel fundamental. Un perro que ha tenido experiencias variadas y positivas desde cachorro suele gestionar mejor la calle. Pero incluso en perros adultos, la socialización puede trabajarse mediante encuentros controlados con otros animales y personas, siempre respetando el ritmo del perro.