
Cuando los presentadores del formato preguntaron a la andaluza por su fallo más recurrente, esta no ha dudado en señalar a su propio carácter: «¿Mi error preferido? La impaciencia. Yo te diría. Cuando quiero algo, lo persigo, lo peleo. Y si es para ayer, mejor». Una impulsividad que, según relata, no siempre juega a favor: «A veces te aferras a algo que igual no tienes la paciencia de revisar si es bueno o no, pero si tú lo quieres, que sea».
Sin embargo, el paso del tiempo le ha servido para valorar las negativas y los contratiempos: «Me he dado cuenta a lo largo de todos estos años que hay grandes noes que han sido grandes puertas abiertas, en definitiva, al final». Esta evolución interna la resume en un concepto clave: «Aceptación es la gran palabra en mis últimos años y creo que es el gran aprendizaje. Y lo ves todo tan claro cuando lo aceptas».
En sus directos, Vanesa exige a sus músicos una elevada capacidad de adaptación: «Quien venga conmigo tocando en vivo tiene que saber improvisar porque tú eres un músico y lees todas las partituras del mundo… pero si tú no tienes capacidad de improvisación pues no eres mi músico».
Por último, al profundizar en la parte emocional, reconoce que la culpa es una cuestión que arrastra desde su infancia: «Tengo desde muy chiquita algo con lo que sigo trabajando que es la culpa. Me siento culpable por cosas que no me corresponden«. En este sentido, confiesa haber sentido conflicto por su propio éxito profesional: «Me he llegado a sentir culpable porque me ha ido muy bien y hay gente a lo mejor cerca de mí que no, y me he sentido culpable por yo vivir ciertas cosas y he restado importancia a lo que me estaba sucediendo». No obstante, afirma haber canalizado este aprendizaje a través de su composición «La culpa» y de una nueva perspectiva de vida centrada en el disfrute.
El fallo en directo, aunque al principio genera inseguridad, aporta espontaneidad y cercanía; el público a veces actúa de cómplice y «hacen como de telepronter».
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