
Aunque pueda parecer una simple tradición entre amigos, detrás de ese hambre repentina hay una explicación científica. El alcohol, la falta de sueño y los cambios que experimenta nuestro organismo durante la noche hacen que el cuerpo reclame alimentos, especialmente aquellos con muchas calorías.
El alcohol altera el funcionamiento normal del cerebro y de varias hormonas relacionadas con el apetito. Una de las principales es la leptina, conocida por ser la hormona que envía la señal de saciedad. Cuando sus niveles disminuyen, resulta mucho más difícil sentirse lleno.
Al mismo tiempo, el alcohol puede aumentar la actividad de determinadas neuronas que favorecen la sensación de hambre. Es decir, aunque realmente no necesitemos comer, el cerebro interpreta que sí.
A esto se suma otro factor importante: el alcohol reduce el autocontrol. Después de varias copas es más complicado tomar decisiones saludables, por lo que solemos elegir alimentos muy grasos, dulces o ricos en sal. De ahí que los churros con chocolate, una pizza o unas patatas fritas resulten mucho más apetecibles que una pieza de fruta.
Cuando el cuerpo no descansa lo suficiente aumentan los niveles de grelina, la hormona que estimula el hambre, mientras disminuye la leptina. El resultado es un mayor deseo de comer, especialmente alimentos energéticos que proporcionen una sensación rápida de satisfacción.
Por eso, cuando salimos de fiesta no solo interviene el alcohol. La combinación entre el cansancio y los cambios hormonales hace que el hambre sea todavía más intensa.
El organismo busca recuperar energía de la forma más rápida posible. Los alimentos ricos en grasas, azúcares y carbohidratos son los que ofrecen esa recompensa inmediata al cerebro.
Además, estos productos activan el sistema de placer, generando una sensación de bienestar que explica por qué tantas personas terminan haciendo una parada para recenar antes de volver a casa.
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