En las redes sociales lo hacemos sin pensarlo: dedo arriba, dedo abajo, y vuelta a empezar. A eso lo denominamos scrollear. La palabra proviene del inglés scroll (deslizar), y en castellano se ha colado para describir justo ese gesto de mover la pantalla una y otra vez para ver qué hay más abajo.
Lo curioso es que a veces lo hacemos casi de forma automática, a veces durante minutos… ¡o incluso horas!, sin darnos cuenta de que se nos pasa el tiempo.
Aunque pueda parecer inofensivo, scrollear sin control tiene efectos claros. Uno de ellos es el llamado doomscrolling, que consiste en consumir de manera compulsiva noticias negativas, lo que aumenta la ansiedad, altera el descanso y genera un estado de inquietud permanente.
Lo curioso es que, a pesar del malestar, seguimos haciéndolo porque el cerebro se acostumbra a esa descarga constante de información. Pero el problema no se queda ahí. La costumbre de usar el móvil en el inodoro para ver TikTok, por ejemplo, aumenta el riesgo de hemorroides debido al exceso de tiempo sentado viendo la pantalla bajar y bajar.

Y en el plano neurológico, el gesto repetitivo de desplazar la pantalla hace que el cerebro salte de un estímulo a otro en fracciones de segundo, lo que reduce la concentración y afecta a la memoria de trabajo.
La buena noticia es que el scroll no tiene por qué ser siempre negativo. Se apunta a que, con algunos ajuste, podemos convertirlo en un hábito más consciente. Fija límites de tiempo en las aplicaciones, desactivar notificaciones para evitar la llamada constante del móvil o depurar nuestro flujo de contenido para seguir cuentas que nos inspiren y generen calma son pasos sencillos para empezar.
A esta práctica se le llama hopesscrolling, usar el scroll para exponernos a contenidos que aportan luz en vez de oscuridad. Y no hay que olvidar los momentos «sin pantallas», como al levantarnos o antes de dormir.
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