La conexión que sienten los padres y madres con sus hijos puede parecer que es mágica. Cuando un bebé llora, en muchas ocasiones lo único que necesita es un abrazo, sentir el cariño que encuentra en la familia. Este instinto es conocido como ‘apego seguro‘.
Hablemos sobre esa unión desde que somos bebés hacia nuestros progenitores. Más allá de una teoría psicológica, el apego es un sistema biológico diseñado para mantenernos cerca de un lugar seguro, con nuestra familia. Pero su impacto va más allá de la supervivencia. Es el primer mapa emocional con el que aprendemos a entender el mundo, nuestras emociones y cómo relacionarnos.
John Bowlby es pionero en el estudio del apego. Él explica que tener vínculos afectivos cuando somos pequeños es tan esencial como la comida o el descanso. Un niño que se siente querido y protegido desarrolla la base necesaria para crecer con seguridad, autoestima y empatía.
La clave es estar presentes emocionalmente. Tenemos que darle a entender a nuestro hijo que puede confiar en nosotros. ¿Cómo? Validando sus emociones. Por ejemplo, en lugar de decir «no llores«, decir «entiendo que estés triste«. Enséñale que sentir no es peligroso y que el malestar también merece espacio.
Otro paso fundamental es que el adulto sepa gestionar bien sus emociones. Si quien cuida se desborda cada vez que el niño lo hace, será difícil transmitir calma. Pero si logramos ser prudentes, seremos un buen ejemplo de cómo atravesar los momentos de ira o de malestar.
Incluso cuando cometemos errores, la reconciliación también educa. Un simple «perdón, hoy no he sabido acompañarte bien» puede reforzar la conexión emocional de forma duradera.
Dar palabras a las emociones también es crucial. Frases como «te has enfadado porque querías seguir jugando» ayudan al niño a comprender lo que siente y a poner nombre a sus sentimientos.
Y, por último, lo más importante, compartir tiempo de calidad. No es necesario pasar horas, basta con unos minutos de atención plena, sin pantallas ni distracciones, para que el pequeño de la casa se sienta valorado.
Muchos adultos crecen con heridas de apego inseguro. Pero la buena noticia es que estos patrones no son permanentes, pueden transformarse. Una relación sana, una terapia o una nueva forma de criar a sus hijos puede ofrecer lo que faltó.
Porque, al final, todos buscamos lo mismo: sentirnos amados sin condiciones. Y ese es el mayor legado que podemos dejar a nuestros hijos.
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