La llegada de un bebé a una familia es el comienzo de una etapa, sobre todo si es el primero. Junto a él, llega un cambio radical de costumbres y se convierte en el centro de atención de todos los adultos, pero también arrastra una serie de dudas y entre las que más se repiten encontramos una que preocupa a muchos padres y madres; ¿A qué edad debo empezar a introducir alimento sólido a su dieta?
Es muy importante saber hacerlo en el momento exacto para que el pequeño o la pequeña disponga de todos los nutrientes y vitaminas, y aunque como siempre que nos referimos a cuestiones médicas lo más recomendable es consultar con su pediatra, hay algunas reglas que suelen aplicarse en la gran mayoría de ocasiones.
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El momento perfecto para introducir alimento sólido a tu bebé
Durante los primeros meses de vida, la leche materna o la de fórmula suelen cubrir a la perfección las necesidades nutricionales del bebé, pero a medida que va creciendo irá necesitando otro tipo de complementos alimenticios.
Suele ser alrededor de los seis meses después de nacer cuando su organismo comienza a estar preparado, ya que es el momento en el que el sistema digestivo empieza su maduración y la coordinación para tragar los alimentos mejora, así como la demanda de nutrientes y vitaminas.
De esta manera, comenzaría la alimentación complementaria que consistiría en empezar a añadir nuevos alimentos pero sin llegar a sustituir a la leche. Pero el consejo predominante por parte de todos los pediatras es fijarse en algunas señales con las que el propio bebé puede empezar a demostrar que está preparado para introducir sólidos, como mantenerse sentado, que no expulse alimentos con la lengua o que demuestre atención a los adultos cuando estos comen.
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Lo más importante es que el cambio se haga de manera gradual, respetando el ritmo del bebé, controlando las cantidades y manteniéndose muy alerta ante posibles reacciones o intolerancias, siempre bajo la supervisión del equipo médico especializado.
Los mejores alimentos para empezar con el cambio
Verduras suaves: El calabacín, la zanahoria o la calabaza, por ejemplo, pueden cocinarse y triturarse hasta conseguir una textura muy fácil de digerir, aportando vitaminas y minerales esenciales para su desarrollo.
Frutas blandas y dulces: El plátano, la pera o la manzana también se pueden comer en puré aportando grandes dosis de energía y fibra.
Cereales: Son otra de las opciones preferidas por los padres y las madres en esta etapa, ya que incluso pueden llegar a mezclarse con la leche para formar papillas.
Otros alimentos como legumbres, carne o pescado se podrán introducir bajo las pautas de los pediatras siempre que estén bien triturados, consiguiendo así que el bebé empiece a descubrir sabores y texturas con su cambio hacia el alimento sólido.