
La frase abre una pregunta: ¿existe realmente un gen que determine que una persona va a ser intolerante a la lactosa? La respuesta requiere algunos matices. En realidad, existen variantes genéticas relacionadas con la capacidad de digerir la lactosa en la edad adulta. Por tanto, tener una determinada variante puede indicar una predisposición, pero no equivale a tener síntomas siempre y ser diagnosticado intolerante.
La lactosa es el azúcar presente de forma natural en la leche. Para digerirla, el organismo necesita una enzima llamada lactasa. Esta se encarga de descomponer la lactosa para que pueda ser absorbida por el intestino. La intolerancia aparece cuando existe un déficit de lactasa. Esto puede provocar síntomas como dolor abdominal, hinchazón, gases o diarrea después de consumir lactosa.
@genomicgenetics ¿Bebes leche ? #leche #intoleranciaalactose #intolerante #beberleche #lactose #lactosefree #genetica ♬ sonido original – Genomic Genetics
Por eso, una prueba genética puede detectar una predisposición. Sin embargo, no es correcto interpretar el resultado como si existiera un interruptor que un día se enciende y hace aparecer automáticamente la intolerancia. Además, esta información puede utilizarse para modificar la alimentación incorrectamente.
En el caso de Ana Mena, por tanto, lo que cuenta encaja con la idea de haber obtenido un resultado genético relacionado con esta predisposición. Eso no significa que actualmente sea intolerante. De hecho, ella misma aclara que «no es que sea intolerante».
La malagueña también hace referencia al gen de la celiaquía, una enfermedad autoinmune relacionada con la ingesta de gluten que aparece en personas con una determinada predisposición genética. Entre los marcadores genéticos asociados se encuentran los del sistema HLA, principalmente DQ2 y DQ8.
Pero tener estos marcadores tampoco significa ser celíaco. Según la información recogida por Celicidad, una parte importante de la población puede presentar genética compatible con la enfermedad sin llegar a desarrollarla.
Además, la enfermedad puede aparecer en distintos momentos de la vida. Una persona puede tener esa predisposición genética y no presentar síntomas durante años, o incluso no desarrollar nunca la enfermedad.