
«Estaba mucho mejor cantando para dos personas que en mi casa trabajando en algo que no me molaba», explica. Una filosofía que le llevó a valorar cada pequeño paso: «Cantar para cinco, que es lo que hoy le llaman fracaso, es un ejercicio de la hostia».
Lejos de verlo como un obstáculo, el cantautor convirtió esa etapa en una auténtica escuela: vender sus propios discos, enfrentarse a la indiferencia del público y aprender a resistir. «Cuando cantas en el metro no te mira ni Dios. Te pisa en la funda de la guitarra», recuerda.
Entre todas esas vivencias, hay una que sigue emocionándole especialmente. Mientras interpretaba Lucha de Gigantes en el metro de Madrid, en la zona de La Latina, ocurrió algo que no olvidará nunca: Eva Amaral se acercó y le dejó 50 euros en la funda de la guitarra.
«Eva Amaral me dejó 50 pavos en el túnel de La Latina. Aquel día llamaba a mi madre desde una cabina», relata. Un gesto sencillo, pero que tuvo su valor: «Eso era la hostia, esas sensaciones». Para él, no se trataba solo del dinero, sino de algo mucho más profundo: el reconocimiento de la cantante de uno de los grupos más importantes de España en un momento en el que todo estaba empezando.
Por eso, defiende la importancia de no perder la perspectiva: «Saborear el fracaso es importante». Una idea que conecta directamente con el presente, donde el éxito puede llegar de forma inmediata gracias a las redes sociales.
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