
Uno de los mejores ejemplos es Saturno, de Pablo Alborán. El malagueño sorprendió con una propuesta mucho más cinematográfica de lo habitual, apostando por el blanco y negro, los escenarios planetarios y una estética cargada de simbolismo. Un videoclip que refleja la intensidad emocional de la canción y marcó una nueva etapa artística en su carrera.
También Manuel Carrasco dejó huella con Qué bonito es querer. Lejos de recurrir a grandes efectos, el onubense construyó un relato visual elegante y emotivo que acompaña el mensaje de la canción. La cuidada fotografía y su carácter casi de cortometraje convierten al vídeo en uno de los más especiales de su repertorio.
Si hablamos de producciones recientes, Ana Mena elevó Madrid City gracias a un videoclip lleno de ritmo, luces y escenarios emblemáticos de la capital española. La estética urbana y nocturna terminó siendo casi tan reconocible como el propio estribillo, convirtiéndose en una de las imágenes más icónicas de la nueva etapa de la artista.
Entre los clásicos resulta imposible no detenerse en Ave María, de David Bisbal. Sus bailes en la playa, la energía que desprende y ese aire veraniego hicieron que el videoclip se convirtiera en una de las estampas más recordadas del pop español de los 2000, acompañando el enorme éxito internacional de la canción.
Y si hay un vídeo que forma parte de la historia de nuestra música, ese es Corazón Partío, de Alejandro Sanz. Su estética noventera, la fuerza interpretativa del artista y la personalidad de cada plano contribuyeron a convertirlo en un referente de una generación que descubría cómo un videoclip también podía reforzar la identidad de una canción.
MÁS SOBRE: