
Para comprender las complejidades de este encuentro, Gloria Campos García de Quevedo, doctora en Publicidad y Relaciones Públicas, experta en protocolo y docente de la Universidad Camilo José Cela, detalla las claves del encuentro.
Aunque ambas ya coincidieron con Benedicto XVI cuando eran pequeñas luciendo atuendos infantiles, el contexto actual no tiene nada que ver.
“Este momento tiene una dimensión que va más allá de lo simbólico”, apunta Campos. “No es solo una fotografía familiar con el Papa, es una imagen de continuidad de la Corona. Leonor comparece ya como heredera adulta y Sofía como miembro de apoyo de la Familia Real en un acto de altísimo valor institucional, religioso y mediático”.
La especialista remarca que la estampa de la heredera al trono con el Santo Padre “recorrerá el mundo”, otorgándole una proyección internacional de un nivel que muy pocas citas logran igualar.
Detrás de la aparente naturalidad de una recepción papal hay semanas de preparación junto a la Prefectura de la Casa Pontificia. Se ensayan desde los tiempos de saludo hasta el orden de las presentaciones y la colocación corporal.
“La improvisación no existe o existe muy poco”, afirma Campos. “Lo que el público percibe como natural es el resultado de horas de preparación. La sonrisa no se ensaya, pero sí se trabaja la actitud: serenidad, respeto, presencia”.
La disposición de los asistentes reflejará una jerarquía visual perfectamente definida. El rey Felipe VI se colocará al frente, seguido por la reina Letizia. Por su parte, la princesa Leonor, debido a su condición de sucesora al trono, tendrá prioridad sobre la infanta Sofía tanto en el orden de las presentaciones como en la proximidad física respecto al Pontífice.
Una de las mayores dudas gira en torno al privilège du blanc (privilegio del blanco), una prerrogativa que posee la reina Letizia pero de la que carecen sus hijas.
“El privilegio del blanco es una concesión histórica de la Santa Sede a las soberanas católicas de determinadas monarquías”, aclara la experta, recordando que en el caso español está reservado a la reina consorte o a la reina titular. Por ello, Leonor y Sofía deberán vestir colores oscuros y sobrios (como negro o azul marino) en materiales nobles y de corte comedido.
“El vestuario debe transmitir respeto, sobriedad y sentido institucional. Los cortes deben ser de largo midi o por debajo de la rodilla, sin abertura, con manga larga o tres cuartos. Los detalles discretos (un broche, un cuello trabajado, una costura de relieve) añaden personalidad y no restan solemnidad Joyería, si la hay, pero sobria, como perlas o piezas con valor institucional”, puntualiza la experta.
Por el contrario, cometerían fallos graves si optaran por ciertas prendas o actitudes: “el escote pronunciado, los colores llamativos o la cabeza descubierta serían errores de primer orden. En lo gestual, cruzar los brazos, meter las manos en los bolsillos o mantener una expresión de indiferencia también se consideran faltas graves en cualquier audiencia de Estado”.
Respecto a si lucirán o no la clásica mantilla negra, Campos recuerda que, aunque es un elemento fuertemente ligado a la monarquía hispánica y a la Santa Sede, las normas vaticanas actuales se han flexibilizado.
«La mantilla es plenamente apropiada para una visita papal, también en España y también fuera del contexto estrictamente litúrgico», señala. No obstante, matiza que «lo que exige el protocolo vaticano es que la cabeza esté cubierta, no que lo esté con mantilla», por lo que un sombrero formal y comedido sería igualmente válido.
El debate sobre el color blanco regresó a la actualidad tras la visita de León XIV a Mónaco, donde la princesa Charlene y su hija Gabriella vistieron de blanco, un derecho que el Principado obtuvo en 2016. En cambio, figuras históricas como Grace Kelly en 1974, la princesa Diana de Gales o Jacqueline Kennedy en 1962 tuvieron que acudir rigurosamente de negro y con la cabeza cubierta en sus respectivas audiencias al no contar con dicha concesión.
El momento del encuentro físico será el más escrutado por los analistas institucionales.
«Lo primero que mirarán será quién extiende la mano primero, si existe inclinación de cabeza y qué nivel de cercanía muestra el Papa«, adelanta Gloria Campos. «Lo que a mí me parecerá más significativo, más allá del análisis técnico, será la expresión de Leonor en el momento exacto del saludo. Ese instante, que dura dos o tres segundos, es el que mejor revela si una persona ha interiorizado el protocolo o simplemente lo está cumpliendo».
La pauta indica que es el Pontífice quien debe guiar el tono del encuentro, y los demás deben acoplarse a sus gestos. A pesar de la rigidez aparente, la experta recuerda la ocasión en la que Michelle Obama acudió sin velo a ver al papa Francisco en 2014. El entonces portavoz del Vaticano, el padre Federico Lombardi, aclaró de forma diplomática que dicha prenda solo es obligatoria en audiencias privadas religiosas, demostrando que «el protocolo vaticano es más flexible de lo que se cree, pero la percepción pública sigue siendo mucho más rígida que la norma real».
En definitiva, ante los papados de corte más cercano como el de Juan Pablo II, Francisco o el actual de León XIV, se espera que Leonor y Sofía muestren una adaptación más moderna: «no veremos una ruptura con la solemnidad, pero sí una lectura más fresca, con líneas más limpias, menos ornamentación y una actitud corporal menos rígida».
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