
El Museo de la Felicidad de Madrid celebra su tercer aniversario invitando a reflexionar sobre aquello que nos hace sentir bien. Hemos podido vivir de cerca algunas de sus experiencias inmersivas, en las que, a través de diferentes estímulos, recuerdos y emociones, hemos conseguido sacar nuestra mayor sonrisa y asegurarnos de que la música puede ser una de las grandes aliadas en nuestro bienestar.
Lo cierto es que, en una sociedad en la que la curva de la felicidad ha muerto para la Generación Z, propuestas como estas actúan a modo de salvavidas para los jóvenes y los miles de asistentes que, a lo largo de estos tres años han probado suerte a través de las diferentes terapias que ofrece el museo.
¿Qué es la felicidad? ¿Cómo podemos alcanzarla? El Museo de la Felicidad de Madrid lleva años jugando precisamente con esas preguntas, convirtiendo una emoción aparentemente abstracta en una experiencia que se puede recorrer, experimentar y, sobre todo, sentir.
Con motivo de su aniversario, Pablo Claver, psicólogo, fundador y director de la galería, nos ha ofrecido un taller en el que nos ha desvelado algunos de los secretos más ocultos del primer Museo de la Felicidad experiencial fundado en el mundo. Una experiencia que, a través de prácticas como el ‘risódromo’, la aromaterapia, los shows de magia, o los abrazadores, nos permite recordar algo tan sencillo como relativizar los problemas y saber sacar el lado más positivo de las cosas.
Además, la visita nos ha permitido recordar que una de las mayores terapias para conectar con el bienestar es, sin duda, la música. Porque bien es sabido que la felicidad puede tener banda sonora y está demostrado científicamente que existen canciones capaces de cambiar nuestro estado de ánimo en cuestión de segundos.
De hecho, puede devolvernos a una época concreta y transformar una experiencia negativa en algo completamente diferente. Basta con que suenen los primeros acordes de una canción para que el cerebro haga el resto: aparecen imágenes, sensaciones y recuerdos asociados a ella. Un ritmo puede activar el cuerpo, una melodía nos puede generar calma o euforia y la voz de un artista puede provocarnos nostalgia. Y cuando esa experiencia se comparte con otras personas el bienestar emocional se multiplica.
Precisamente una de las terapias más aclamadas de este museo responde a este hecho. Su conocido como ‘disco feliz’ es un espacio en el que puedes desinhibirte disfrutando de una lista de canciones consideradas como las que más felicidad provocan al ser escuchadas. Ahí es donde se pone de manifiesto la presencia que tiene la música en nuestro estado de ánimo y en la influencia que tiene en nuestro estado de ánimo.
Realmente, la música no siempre nos hace felices, pero siempre nos ayuda a sentir y, a veces, reconocer lo que sentimos también forma parte de nuestro bienestar. El Museo de la Felicidad propone precisamente un recorrido por esas pequeñas experiencias que pueden cambiar nuestra percepción del día a día. En ese contexto, la música funciona casi como nuestra propia galería: todos llevamos dentro una colección de canciones que conforman parte de nuestra historia personal.
Está la canción del primer verano que recordamos; la que sonaba durante un viaje memorable; la que asociamos a nuestro primer amor y la que nos ayudó a superarlo. La que escuchábamos con nuestros amigos. La que apareció en el momento exacto en el que necesitábamos escucharla. Y también esa canción que, sin saber muy bien por qué, consigue que durante breves minutos todo parezca estar un poco mejor.
Quizá por eso en vez de preguntar, «¿qué es la felicidad?», es más útil replantearnos “¿a qué suena la felicidad?”, ya que esa pregunta tendrá respuesta y autor. En su aniversario, el Museo de la Felicidad invita a mirar hacia esas pequeñas cosas que construyen nuestro bienestar. Y pocas tienen una capacidad tan extraordinaria para acompañarnos, emocionarnos y conectar nuestra memoria con el presente como la música.