
Aunque a simple vista puedan parecer inofensivas, sus pelos urticantes contienen una toxina capaz de provocar reacciones muy graves en los animales, especialmente en los perros, que suelen acercarse por curiosidad.
El riesgo principal de la procesionaria reside en esos diminutos pelos que recubren su cuerpo. Cuando el perro las olfatea o pisa una zona donde han pasado, los pelos se desprenden y liberan sustancias que pueden causar inflamación severa.
Los síntomas suelen aparecer de forma rápida: babeo excesivo, hinchazón del hocico, nerviosismo, vómitos o cambios de color en la lengua. Ante cualquiera de estas señales, es fundamental actuar inmediatamente.
Mantener al perro atado en áreas potencialmente afectadas ayuda a controlar su curiosidad natural. También es recomendable vigilar el suelo durante el paseo y cambiar de ruta si se detecta alguna procesionaria. Al regresar a casa, revisar el hocico, las patas y la boca del animal puede ayudar a detectar cualquier contacto accidental.
Si, a pesar de las precauciones, tu perro entra en contacto con una procesionaria, es imprescindible acudir al veterinario de inmediato.
No se debe frotar la zona afectada, ya que esto podría romper más pelos urticantes y agravar la reacción. Tampoco es aconsejable manipular la boca del perro sin protección, ya que la toxina también puede afectar a las personas.
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