
Esto no apunta a que una sea necesariamente mejor o peor que otra. De hecho, el agua de consumo está sometida a controles sanitarios y debe cumplir unos requisitos de calidad. El Sistema de Información Nacional de Agua de Consumo (SINAC), del Ministerio de Sanidad, permite consultar los análisis realizados en los distintos abastecimientos. Entonces, ¿por qué cambia tanto el sabor?
La primera explicación está en la procedencia del agua que llega a nuestras casas. No es lo mismo que proceda de un embalse, de un río o de aguas subterráneas. Durante su recorrido entra en contacto con diferentes terrenos y rocas, y en ese proceso puede incorporar minerales.
La composición del suelo también marca diferencias. El agua que atraviesa terrenos con determinadas características geológicas puede tener una mayor presencia de minerales, mientras que otras zonas cuentan con aguas de mineralización más baja. Esa composición termina influyendo en el sabor que percibimos.
En otras zonas, especialmente algunas del Mediterráneo, el agua puede presentar una mayor mineralización. Barcelona es uno de los ejemplos que suelen mencionarse. El agua procedente del Llobregat presenta más cloruros y sodio que la procedente del Ter, debido a las características de su cuenca.
Otro de los factores que influyen es la dureza del agua, relacionada principalmente con la cantidad de minerales como calcio y magnesio que contiene.
Por eso, cuando nos desplazamos entre diferentes zonas de España podemos notar que un agua resulta más ligera y otra tiene un sabor más marcado. En algunas regiones con aguas más duras también es habitual encontrar más depósitos de cal en grifos, cafeteras o electrodomésticos.