Chica afrontando la ola de calor

¿Por qué sentimos calor si fuera hace 36 grados y nuestro cuerpo está normalmente a 37º?

La explicación científica que hay detrás de una sensación muy común durante las olas de calor

Redacción Cadena Dial

¡Qué calor! El verano que termina este 23 de septiembre ha sido el más caluroso de los últimos 65 años, con una temperatura media de 26,6 grados, 1,7 por encima de los valores normales.

Calor hemos pasado muchísimo… pero hay quién por desconocimiento biológico se hace la siguiente pregunta: si la temperatura normal del cuerpo humano es de 37 grados, ¿por qué sentimos tanto calor cuando en el exterior hay 36 °C?

La respuesta es sencilla y responde a cómo regula nuestro organismo la temperatura corporal con una necesidad constante de expulsar el calor que genera.

Un motor que nunca para: el gradiente térmico

Lo más sencillo es explicarlo con un ejemplo sencillo: nuestro cuerpo funciona como un motor que nunca se detiene y por ello, a través del metabolismo produce energía de manera continua generando calor.

A consecuencia de ello, nuestro organismo para mantener una temperatura interna estable, cercana a los 37 grados, necesita liberar ese exceso térmico al exterior.

Y ahí, está la clave: en el llamado gradiente térmico que es la diferencia de temperatura entre nuestro cuerpo y el entorno. Cuando la temperatura exterior se sitúa entre los 20 y los 24 grados, el organismo puede desprenderse del calor de forma sencilla a través de la piel, sin apenas esfuerzo.

Sin embargo, cuando la temperatura ambiente alcanza los 36 grados, la diferencia entre ambas -la exterior y la corporal- es de apenas un grado. En estas condiciones, el aire ya no puede absorber con facilidad el calor que genera nuestro cuerpo, por lo que este comienza a acumularse.

El sudor: el plan B del organismo para combatir el calor

¿Y qué hace nuestro cuerpo ante esta situación? Activa los mecanismos de refrigeración. El hipotálamo, la región del cerebro encargada de regular la temperatura, aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel y las glándulas sudoríparas se ponen en marcha.

El sudor se convierte entonces en la principal herramienta para enfriar el organismo. Al evaporarse sobre la piel, ayuda a disipar parte del calor acumulado. Sin embargo, este proceso exige un esfuerzo adicional al cuerpo, especialmente cuando la humedad ambiental es elevada, ya que la evaporación se vuelve más difícil.

Por este motivo, la sensación de agobio que experimentamos en los días más calurosos no se debe únicamente a la temperatura exterior. En realidad, es la señal de que nuestro organismo está trabajando a contrarreloj para evitar un sobrecalentamiento.

Alerta máxima: cuando la temperatura exterior es superior a la corporal

La situación se complica cuando la temperatura ambiental supera los 37 grados. En plena ola de calor, como las que hemos vivido este verano, el cuerpo ya no solo tiene dificultades para expulsar calor, sino que además puede llegar a ganar calor procedente del ambiente.

Por eso, aunque el termómetro marque 36 °C y nuestro cuerpo esté a 37 °C, seguimos sintiendo calor. La mínima diferencia entre ambas temperaturas impide que el organismo elimine de forma eficiente el calor que produce constantemente, obligándole a recurrir a mecanismos de emergencia como la sudoración para mantenerse dentro de unos límites seguros. Si hay mucha humedad ambiental o el aire está estancado, el sudor no se evapora y el calor se acumula.

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