
El término hace referencia al desfase que se produce cuando modificamos de forma habitual los horarios de nuestras comidas entre los días laborales y los días de descanso. Al igual que ocurre con el sueño, según un artículo del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Almería, nuestro organismo cuenta con un reloj interior que sigue unos ritmos determinados y que también recibe señales de la alimentación.
Imaginemos una semana en la que desayunamos a las 7:30, comemos a las 14:00 y cenamos a las 21:00. Si el sábado nos levantamos a las 10:00, desayunamos a las 11:00 y retrasamos el resto de las comidas, estamos modificando el horario al que nuestro cuerpo está acostumbrado.
El problema no está en que un día concreto desayunemos más tarde o nos demos un capricho durante el fin de semana. El desfase puede convertirse en un problema cuando se repite de forma habitual y durante varias horas.
Un estudio publicado recientemente en la revista científica Communications Medicine ha analizado la relación entre estos cambios de horario y la salud cardiovascular. Para ello, los investigadores estudiaron durante años los datos de más de 100.000 adultos del estudio NutriNet-Santé.
Los resultados apuntan a que, en los hombres, cada hora adicional de diferencia en los horarios de las comidas entre los días laborables y el fin de semana se asociaba con un 14% más de riesgo de enfermedad cardiovascular y un 21% más de riesgo de cardiopatía coronaria. Sin embargo, los investigadores no encontraron una asociación significativa en las mujeres.
Esto no significa que retrasar una comida una hora vaya a provocar una enfermedad cardiovascular. Los resultados del estudio muestran una asociación y los propios autores señalan que hacen falta más investigaciones para determinar si existe una relación causal.
MÁS SOBRE: