Las luces se apagaban lentamente, el murmullo se transformaba en silencio y, durante dos horas, el mundo quedaba hipnotizado delante de la gran pantalla. Hubo una época en la que ir al cine era como un ritual, un plan que se preparaba con antelación y que comenzaba mucho antes de que empezara la película. Así lo retrató Mecano en El cine, una de sus composiciones más parecidas a un manual de instrucciones.
Incluida en el mítico Descanso dominical y firmada por Nacho Cano, la canción funciona como una crónica interpretativa de un día visitando las salas de proyección con los hermanos Cano y Ana Torroja en los 80.
Una década en la que no existía la compra de entradas online, y en la que conseguir palomitas implicaba hacer una fila llena de personas decidiendo en el último momento que película ver.
El ritual previo al visionado arrancaba en la calle. La larga fila por la acera, el olor a palomitas recién hechas, los comentarios para que no pusieran el «dichoso cartelito de ‘Completo está el local'». Aquellas entradas no se podían reservar previamente, se compraban allí con «diez duritos» y pedías para que no te pusieran «delante ni tampoco detrás».
Después llegaba el momento mágico. La sala a oscuras, el haz de luz atravesando el humo suspendido en el aire y, en la pantalla, «la chica de la antorcha ya ocupó su lugar», referencia directa al emblemático logo de Columbia Pictures. Era el «preludio de que algo emocionante va a pasar» y de que, durante un rato, todas las personas presentes en la sala compartían la misma emoción por ver la historia que quería contar un director en la gran pantalla.
En los 80 el cine era punto de encuentro. Primera cita, plan familiar, quedada de amigos o refugio para uno mismo en una tarde de domingo. No había móviles iluminando la sala ni spoilers circulando por las redes sociales. Era una experiencia única a la que iban todas las personas sin saber realmente con lo que se iban a encontrar.
Mecano, con su habitual mezcla de ironía, experiencias personales y observación cotidiana, retrata la escena con una imagen inolvidable del final de la película: «Recuperado el ritmo ya llegó en final, barullo de murmullos que preguntan que ‘¿Qué tal?’ Y un desfile de zombis que abandonan el local». Una metáfora que retrata a esa cantidad de espectadores saliendo de la sala en silencio e hipnotizados por lo que acababan de ver.
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