
Continuar enganchado en un intercambio hostil cuando las emociones están a flor de piel rara vez da buenos resultados. Según los especialistas, la mente requiere de un estado de calma para procesar de forma correcta la información, entender la postura del otro y desactivar la sensación de alerta o amenaza.
Como señala la psicóloga Olga Albaladejo, “cuando estamos muy activados emocionalmente, seguir hablando no siempre ayuda. A veces empeora la discusión porque las palabras salen de la defensa, no desde la reflexión”.
En ese sentido, la experta menciona que en el momento en que sentimos amenaza, aunque sea emocional, la amígdala, una estructura cerebral relacionada con la detección del peligro, se activa rápidamente.
No todos los silencios persiguen el mismo fin. Este puede usarse de forma madura para calmar las aguas, pero también puede convertirse en un arma de castigo (la conocida como “ley del hielo”). Para la psicóloga, la clave para distinguir un comportamiento de otro radica en tres factores esenciales: la intención, la duración y la manera en que se comunica.
Aunque detenerse a respirar es una excelente herramienta para rebajar la tensión del momento, ocultar lo que sentimos de forma sistemática es contraproducente. Callarse de manera habitual por miedo al conflicto no soluciona los problemas, sino que crea una barrera con el entorno.
“Cuando una persona convierte el callarse en su forma habitual de relacionarse, el problema deja de ser la regulación y pasa a ser la desconexión emocional”, advierte la experta.
Esta inhibición emocional termina pasando factura a nivel interno, vinculándose directamente con un incremento del estrés fisiológico, cuadros de ansiedad y un claro desgaste en la calidad de nuestras relaciones personales.
El secreto no está en enmudecer para siempre, sino en tener la sabiduría de elegir el momento exacto para frenar y el momento adecuado para hablar.