Las emociones son realmente importantes. Tanto es así que influyen hasta en nuestro peso. ¿Eres consciente de que tu estado de ánimo influye en lo que comes? Y, claro está, dependiendo de los alimentos que ingieres tu cuerpo gana o pierde peso.
Al contenido calórico que aporta cada producto, las emociones también añaden una carga extra al organismo, ya que cada una de ellas trabaja con un órgano distinto, liberando unas hormonas concretas que influyen en cómo responde nuestro cuerpo.
La solución, lejos de parecer complicada, es sencilla. Y no solo servirá para armonizar la relación con tu peso, si no que influirá en la forma de relacionarte contigo mismo y los demás
1. Conócete a ti mismo: Lo prohibido es una tentación. Por eso, no hay ningún alimento prohibido, solo restringido temporalmente (en vez de tomarlo una vez al día reducirlo a una vez a la semana); comer siempre en platos pequeños; dejar pasar 10 minutos entre plato y plato, saborear la comida y masticarla cinco veces más de lo habitual.
2. Mira al futuro: Imagina cómo te gustaría ser dentro de muchos años. Cada vez que tengas ganas de pegarte un atracón ¡Visualizate! La comida es un placer, no una necesidad emocional.
3. Sustituye expectativas por objetivos. Las expectativas nos frustran. Los objetivos dependen de uno mismo, tú los escoges atendiendo a tu realidad. Estos últimos los puedes lograr, los primeros…
4. Rompe la coraza, acaba con tu miedo. No te refugies en tu peso y vence a la frustración. Muchas veces nos hacemos invisibles a los demás y los kilos son nuestra excusa para no intentar nada nuevo. ¡Atrévete a adelgazar!
5. Relájate. Demasiado estrés te puede impedir adelgazar porque cuando estás muy nervioso te inclinas por alimentos que más engordan. Por ejemplo el dulce, que proporciona grandes dosis de insulina y calma. Por desgracia, el cortisol que segregamos durante los episodios de estrés también hace que acumulemos más nutrientes en forma de grasa abdominal.
El deporte o la meditación nos pueden ayudar a cambiar el sentido de la balanza. Y es que cuando realizamos alguna actividad física nuestro cerebro genera endorfinas lo que provoca que nuestro sistema nervioso pueda activar nuestras emociones más positivas. Por eso, después de hacer deporte, nos sentimos plenos y somos capaces de ver, con otra perspectiva los problemas.
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