
La manchega ha hablado con total naturalidad de la procedencia de su música y de sus comienzos en la industria sonora. Su historia comienza en una iglesia obrera, un espacio que, más allá de lo religioso, fue su primer contacto con la música. Allí empezó a cantar y a tocar la guitarra: «Conocí a Simon y Garfunkel también por el Padre Nuestro».
Un inicio poco habitual dentro de la industria musical actual, marcada por realities musicales y otras formas de darse a conocer. La albaceteña forma parte de una generación que encontró en estos espacios su primera escuela artística.
Si la infancia estuvo marcada por la música popular y familiar, la adolescencia supuso un giro radical. Rozalén se sumergió en el rock, el rap y el punk, construyendo una mezcla que hoy sigue definiendo su sonido.
Bandas como Los Suaves, protagonistas de su primer concierto, o Extremoduro forman parte de esa personalidad que ha ido forjando poco a poco. A ellas se suman nombres como Platero y Tú, Boikot o Kortatu, referencias clave de una época en la que el directo y los festivales marcaron su forma de entender la música.
En ese recorrido, el festival Viña Rock en Villarrobledo aparece como un punto de inflexión. Allí vivió sus primeros conciertos y ese contacto directo con el público que, años después, se convertiría en su profesión.
A pesar de esa conexión temprana con la música, Rozalén nunca pensó que sería su camino principal. Durante años lo entendió como un complemento, algo que «podría ayudarle a vivir», pero no como un destino claro.