
Durante la infancia, la comunicación con nuestros pequeños es fundamental para su desarrollo. Por ello, es importante tener claro lo que se debe y lo que no se debe decir, sobre todo si recurrimos a las comparaciones con otros niños.
En este contexto, la psicóloga infantil-juvenil Belén Robles ha explicado que: «Puede parecer inocente, incluso motivador, pero la comparación normalmente tiene el efecto contrario, porque el mensaje que recibe el niño es que le falta algo y no vale lo suficiente».
Según la psicóloga Diana González, utilizar las comparaciones para afrontar diversos aspectos de la infancia es algo de lo más común: «La educación suele estar muy basada en la comparativa y el juicio constante, y los padres caen de forma automática en la costumbre de utilizarla como herramienta para conseguir resultados rápidos con los hijos, a través de mensajes como: ‘Mira cómo lo hace tu primo…'».
Para González, el único método que podría favorecer el desarrollo emocional de nuestros hijos sería compararlos consigo mismos: «El planteamiento adecuado es desde cómo se está acercando a lo que le hace sentir bien, como forma de superación. Y se le puede ayudar con reflexiones como: ‘¿Te acuerdas de que antes te costaba mucho y ahora lo haces con mucha facilidad?’. De esta forma, se consigue que tenga una sensación real de progreso y empoderamiento».
De lo contrario, podría fomentar sus debilidades e inseguridades, haciendo creer al menor que es inferior al resto o incluso generando enfrentamientos con familiares o amigos: «Se trata de ver a los demás como aliados, por ejemplo, a la hora de trabajar en equipo en el colegio para obtener mejores resultados, y que cada uno aporte lo que mejor se le da».