
Aunque el estómago esté lleno, las ganas de seguir comiendo pueden mantenerse durante un rato. La explicación no está únicamente en la cantidad de comida disponible. La variedad, los olores, la presentación de los platos y la respuesta del cerebro ante estos estímulos también juegan un papel importante.
Por eso, es posible terminar comiendo más de lo previsto sin que exista necesariamente una sensación real de hambre. Frente a tanta oferta, nuestro cerebro recibe estímulos de forma constante y algunos están relacionados con el placer y la recompensa.
Así lo explica el nutricionista Miguel Ducrós, que recuerda que no solamente comemos con el estómago. El cerebro también interviene en la decisión de seguir comiendo y en la percepción que tenemos de los alimentos.
Una de las claves está en un fenómeno conocido como saciedad sensorial específica. Dicho de una forma sencilla, cuando llevamos un tiempo comiendo el mismo alimento, este puede dejar de resultarnos tan atractivo.
La situación cambia cuando aparece algo diferente. Podemos sentirnos satisfechos después de un plato y, sin embargo, encontrar un hueco para el postre. Un nuevo sabor, olor o textura puede despertar otra vez nuestro interés por la comida.
En este tipo de establecimientos, los estímulos se suceden continuamente. Hay opciones dulces y saladas, platos calientes y fríos, alimentos crujientes, cremosos y diferentes preparaciones. Cada novedad puede hacer que volvamos a fijarnos en la comida.
La vista y el olfato también tienen su papel. Ver un plato que nos resulta apetecible o percibir su olor puede aumentar las ganas de comer, incluso cuando las necesidades físicas del organismo ya están cubiertas.
El llamado sistema de recompensa también interviene en este proceso. Está relacionado con la sensación de placer que obtenemos al realizar determinadas actividades, entre ellas comer.
Cuando tenemos delante alimentos que nos resultan especialmente atractivos, puede ser más difícil dejar de comer. En un buffet, además, sabemos que podemos repetir o probar algo nuevo en cualquier momento. Esa posibilidad forma parte del atractivo.
La velocidad a la que comemos también importa. El cuerpo necesita un tiempo para enviar al cerebro las señales relacionadas con la saciedad. Si comemos demasiado deprisa, podemos tardar más en darnos cuenta de que ya hemos comido suficiente.
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