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Unas vacaciones imborrables: así permite la ciencia que el verano permanezca intacto en nuestra memoria

Los expertos te dan una respuesta

Jesús Ruiz

Puede ser que ahora mismo estés sumergido en una especie de resaca emocional que te provoca recordar a la perfección las vacaciones que has vivido. Siempre se dice que tendemos a recordar y a romantizar todo tiempo que ha pasado; sin embargo, en este caso, existe una razón científica que podría dar respuesta a por qué existen veranos que, por mucho tiempo que pase, seguimos recordando a la perfección.

‘El País’ ha elaborado un reportaje en el que ha recogido diferentes testimonios de expertos en el ámbito.

El recuerdo imborrable de las vacaciones

“La memoria es una especie de caricatura de realidad; reconstruimos el pasado desde lo que somos ahora”, matiza Antonio L. Manzanero, profesor del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad Complutense de Madrid. Cuando nos paramos a pensar en la temporada estival, no nos referimos al calor en sí, sino al escenario que lo acompaña, como son las vacaciones, viajes o el final de curso.

El calor actúa más bien como una textura que abre la puerta a una categoría autobiográfica. “El calor por sí mismo es mínimo; lo importante es el contexto asociado a esa situación”, explica Manzanero.

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Por otro lado, está Louis Renoult, profesor de Neurociencia Cognitiva en la Universidad de East Anglia (Reino Unido), que desmonta la idea de que los recuerdos están almacenados como archivos esperando ser reproducidos. “No existen hasta que son recuperados”, afirma. Por ello sufren modificaciones con los años y son distintos: “Es constructivo por razones evolutivas y por las limitaciones de lo que el cerebro puede codificar”.

En una reciente investigación que realizó junto a otros científicos, analiza cómo pasan de un estado potencial a uno activo. Y esa transición no es neutra porque cada vez que “se despiertan”, se abre una ventana para modificarlos.

Así, Renoult aclara que los recuerdos son recuperados a través de la interacción entre una huella latente y una pista o estímulo. En otras palabras, provienen del entorno que nos rodea, como el olor de un perfume, o de algo interno que puede ser el estado de ánimo. “Esta interacción constante con nuestro ambiente provoca que se creen de manera dinámica, en el momento”, desarrolla.

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El estudio subraya que el recuerdo no guarda experiencias completas, sino que funciona como un intermediario que reúne las distintas áreas cerebrales implicadas, pese a que esa reactivación nunca es exacta. Al volver a encender las redes, siempre existe un espacio para omisiones y añadidos.

Con el paso de los años, la forma de recordar también cambia. A medida que nos hacemos mayores, hay una tendencia a priorizar detalles semánticos, como la información general, sobre los episódicos, siendo los detalles concretos, posiblemente con “cambios en el estilo narrativo o déficits cognitivos”. Sí, las personas poseen más contenido para compartir.

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