Cuando una relación se ve forzada, porque uno de los dos no responde de igual modo a los sentimientos del otro, el resultado emocional positivo es prácticamente nulo. Porque una de esas partes se empeña en seguir tirando de las riendas de la relación pese al desgaste que supone el esfuerzo, incluso si existió o no un compromiso entre ambos. Llegado el momento de la verdad, tanto quien se ilusiona más y no cede a la ruptura ante nada, como quien en el lado opuesto, cualquier intento que quiera llevar a cabo será un puro espejismo de lo que de verdad desea su pareja, se verán como dos desconocidos. Principalmente, porque aquel todavía cree que cambiar el corazón y el rumbo del otro está solo en su mano. Pero nada más lejos de la realidad, ya que el precio que tendrá que pagar será sin duda, uno de los más altos que haya conocido. Sobre todo si esa ilusión condicionada se alarga en el tiempo hasta límites de desgaste nada recomendables. Claro que existe la auto percepción del abandonado, pero puede ser muy tarde cuando tome conciencia de su verdadera identidad y la de la persona que a su lado, más que bien, le ha supuesto un auténtico dolor emocional. En este caso se recomienda la ayuda profesional, para que pueda volver a vivir en consonancia por sí misma y deje de justificar la conducta del otro.
El rol del abandonado no solo se interpreta como el de la pobre víctima que lleva todo sobre sí, y que nada puede hacer por cambiar su desesperación aun por ser correspondido. En el fondo, tiene que aceptar que es mejor así, darse cuenta de lo que sucede, que incluso ante el dolor que le afecta, siempre será más positivo que su pareja haya sido sincero y le haya confesado abiertamente lo que no siente por él o por ella. La compasión, la pena y el deber moral nunca son buenos consejeros en la defensa del amor en la pareja. Porque nos merecemos a alguien de verdad, sin careta y sin farsa, no caben los sueños, ni si quiera las ilusiones que uno se hace, sino las verdaderas respuestas de los dos.
El amor no es un camino de rosas, pero tampoco un callejón sin salida.
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