«El señor conductor no se ríe, no se ríe…». Tu voz infantil alcanzaba así su nivel más elevado de potencia en cada excursión en autobús con el colegio. Te las prometías muy felices hasta que os adentrabais en aquel puerto más sinuoso que las formas de una guitarra española. ¿Resultado? Un vómito del tamaño de Cuenca. Parecía la venganza del jefe al volante como respuesta a tus chirriantes chillidos. Claro que, verse obligado a cambiar la tapicería de tu asiento evidencia las lagunas de su plan. ¡Se siente!
Has presenciado esa situación casi tantas veces como las que has empezado una dieta. Pero estudiando el panorama en profundidad descubres una segunda lectura: el autobusero no solo estaba serio, sino lozano como una rosa, aunque la carretera tuviera más baches que los de tu última relación. La pregunta es: ¿por qué el conductor nunca se marea?
Hallar la respuesta te parece una misión más complicada que descubrir los porqués de un truco de magia de Juan Tamarit. Tranquilo, tú también acabarás tocando el violín, pues tenemos la solución al enigma. Y la clave es tan obvia que terminarás contestando: “Elemental, querido Watson”.
Además, la razón por la que este misterioso suceso no deja de repetirse en nuestras carreteras es universal. O talla única, como prefieras denominarlo. Vamos, que el motivo lo mismo vale para un roto que para un descosido. El conductor del autobús no es un superhéroe, a tu padre también le pasaba cuando te llevaba a clase de piano. Incluso a ti, que te mareas cada vez que ves sangre en tus uñas cuando te arrancas un padrastro.
Nos referimos a las curvas. Cualquier problema en la vida es más sencillo de afrontar cuando estudiamos lo que puede acontecer. Un examen nunca te saldrá decente sin haber tocado los apuntes y nunca ganarás un partido de fútbol sin haber entrenado durante la semana. También será imposible prevenir las caries si te atiborras a chucherías y no te llevas bien con la pasta de dientes.
Tienes la misma información que tu madre cuando te acerca a la oficina. La carretera está ahí puesta para ambos. Eso sí, mientras sus cinco sentidos están concentrados en ella, los tuyos se han ido de jarana. Cada uno a lo suyo. Mientras tus oídos escuchan el último tema de Malú, tus ojos contemplan el toro de Osborne.
De esta forma, cada vez que tu madre se prepara para girar a la derecha, se repite el proceso como si de una cadena de montaje se tratara. Tu cuerpo encaja esta alteración en el recorrido de una manera más abrupta que el suyo, concienciado de antemano para ese momento.

La cinetosis (así es como se conoce al mareo por movimiento) irrumpe gracias al despiste del cuerpo. Y es que, desde el mismo momento en el que subes al vehículo, tu organismo es susceptible de sufrir náuseas. El sistema del equilibrio se pone en acción en cuanto percibimos que se desvanece la quietud. Y para salir victorioso, cada parte implicada debe permanecer alerta.
Ahora que ya conoces la razón por la que los conductores no se marean, quizá dejes de escaquearte para ponerte al volante cuando vais al pueblo. Hacerte el dormido no te hace inmune a los vómitos en carretera. Eso sí, si te conviertes en el guía del viaje, los sortearás con elegancia. Venga, hoy conduces tú.
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