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¿Por qué nos volvemos «locos» con el fútbol? La psicología nos da las claves

La pasión que nace de este deporte

Adriana Díez

Sin duda, el fútbol despierta una serie de emociones difíciles de encontrar en otros ámbitos de la vida. La adrenalina que experimentamos cuando nuestro equipo marca un gol decisivo o, por el contrario, la tristeza que sentimos tras una derrota pueden llegar a afectar profundamente a nuestro estado de ánimo. Esta conexión emocional ha sido objeto de estudio por parte de psicólogos e investigadores durante décadas.

Ahora, con el comienzo de la Copa del Mundo de 2026, esta pasión infinita vuelve a situarse en el foco social. Millones de personas alrededor del planeta seguirán cada partido con intensidad, mientras la ciencia continúa intentando responder a una pregunta que parece tan sencilla como compleja.

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¿Por qué nos volvemos «locos» con el fútbol?

Un estudio realizado por la Universidad de Coimbra quiso analizar hasta qué punto una victoria o una derrota pueden afectar a nuestro cerebro y a nuestra salud emocional. Los investigadores encontraron una conclusión sorprendente, ya que la pasión futbolística comparte características con los mecanismos neuronales asociados al amor: «Nuestros resultados muestran sorprendentes similitudes entre la pasión por el fútbol y los fundamentos neuronales del amor maternal y romántico».

La psicóloga Marta Soler señala que parte de esta atracción tiene que ver con el componente competitivo del deporte: «Hay competitividad absoluta, un sentimiento de garra, de fuerza y de gran actividad para demostrar en el juego las ganas que todos tienen de ganar«.

Sin embargo, el vínculo va mucho más allá del resultado. Según la especialista, el fútbol forma parte de una tradición profundamente arraigada en países como España: «Se pasa de abuelos a nietos y se siente como algo sagrado».

Además, los aficionados encuentran en sus equipos una forma de identidad colectiva: «Un equipo representa unos valores, unas ideas, una filosofía y un sentimiento de pertenencia», concluye Soler. Quizá ahí resida la verdadera explicación de por qué el fútbol sigue siendo mucho más que un deporte.

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