
Los especialistas en psicología coinciden en que la adolescencia es una etapa marcada por cambios biológicos que afectan directamente al sueño. El reloj interno de los jóvenes cambia, lo que provoca que tengan más dificultad para conciliar el sueño temprano y, por tanto, para despertarse por la mañana. No es simple pereza: es fisiología. Sin embargo, esto no significa que los padres deban asumir por completo la responsabilidad de sacarlos de la cama.
Muchos psicólogos recomiendan que a partir de cierta edad, más o menos entre los 13 y los 15 años, los adolescentes empiecen a responsabilizarse de su propio despertar. Esto implica usar alarmas, organizar su rutina nocturna y entender que llegar tarde tiene consecuencias. Si los padres se convierten en despertadores humanos, el mensaje implícito es que el adolescente no necesita esforzarse porque alguien lo hará por él.
En este punto surge una duda frecuente: ¿qué pasa si no se levantan? Los especialistas coinciden en que permitir que experimenten las consecuencias naturales, como llegar tarde o tener que justificar su retraso, puede ser más educativo que cualquier sermón.
También es importante analizar si el problema es puntual o recurrente. Si un adolescente nunca se levanta, incluso con rutinas adecuadas podría ser por otras causas como el estrés académico, ansiedad o problemas de sueño. En esos casos, los expertos recomiendan buscar ayuda profesional y no interpretar la situación como simple desmotivación.
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