El videoclip tal y como lo conocimos en la era MTV ha muerto. Esa es la idea que plantea un artículo de eldiario.es sobre la eliminación de los canales de música en la televisión. No porque haya desaparecido, sino porque ha mutado en un producto completamente distinto, condicionado por la inmediatez de YouTube, la fragmentación de TikTok y la necesidad de generar contenido constante más que hacer obras audiovisuales bonitas.
Este planteamiento encaja con una transformación global de la industria musical, pero adquiere matices particulares cuando se observa el caso español. Sin embargo, el panorama ha cambiado radicalmente. Hoy, en plena era digital, la pregunta ya no es cómo hacer el videoclip más impactante, sino si realmente sigue siendo rentable producir uno.
En España, la industria musical vive un momento de transformación acelerada. Plataformas como TikTok han alterado las reglas del juego: un fragmento de 15 segundos puede generar más impacto que un vídeo de cuatro minutos cuidadosamente producido. Muchos artistas emergentes prefieren invertir en campañas de contenido breve, dinámico y viral antes que en un videoclip tradicional que quizá no alcance la misma difusión.
Aun así, el videoclip no ha muerto. YouTube continúa siendo una plataforma clave para consolidar una imagen artística y generar ingresos a largo plazo. Los vídeos oficiales siguen acumulando millones de reproducciones, especialmente en géneros como el pop, el urbano o el flamenco‑pop, donde la narrativa visual ayuda a reforzar la identidad del artista. Pero la rentabilidad ya no depende solo del número de visitas: entran en juego acuerdos de marca, patrocinios y estrategias de lanzamiento multiplataforma.
La clave está en la diversificación. Muchos artistas españoles combinan videoclips tradicionales con contenido específico para redes sociales. Un ejemplo habitual es lanzar primero un cebo vertical para TikTok e Instagram, generar conversación y después estrenar el videoclip completo en YouTube. Esta estrategia permite maximizar el alcance sin disparar los costes.

Además, el público ha cambiado su forma de consumir música. Ya no se espera un videoclip por cada canción, sino que se valora la creatividad en cualquier formato: vídeos en directo, sesiones acústicas o piezas grabadas con móvil que transmiten cercanía y autenticidad. En un entorno donde la inmediatez manda, la espontaneidad puede ser más efectiva.
Entonces, ¿sigue siendo rentable hacer un videoclip? La respuesta es matizada. Para artistas consolidados, sigue siendo una herramienta poderosa de exposición. Para los emergentes, puede ser un lujo innecesario si no va acompañado de una estrategia digital sólida.
Lo que está claro es que la música en España se reinventa constantemente. Y en esta era post‑MTV, el videoclip ya no es el rey absoluto, pero sigue siendo una pieza valiosa dentro de un ecosistema audiovisual mucho más amplio y flexible.
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