
Aunque todavía no está reconocida como un trastorno en los principales manuales de diagnóstico, cada vez son más los especialistas que investigan esta alteración, que provoca respuestas emocionales muy intensas ante determinados sonidos. Lejos de ser un exageración, quienes la padecen pueden experimentar ansiedad, enfado o incluso la necesidad de abandonar el lugar para dejar de escuchar el ruido.
Según la psicóloga Monica Margiotta, la palabra misofonía significa literalmente «odio al sonido». Sin embargo, no implica rechazar cualquier ruido, sino una reacción desproporcionada ante sonidos muy concretos, especialmente aquellos producidos por otras personas. Entre los desencadenantes más frecuentes se encuentran:
Lo curioso es que el volumen del sonido no suele ser el problema. Lo que desencadena la respuesta es el tipo de ruido y la forma en que el cerebro lo interpreta.
Los expertos todavía investigan cuál es el origen exacto de la misofonía. Una de las teorías más aceptadas apunta a que existe una conexión diferente entre las áreas del cerebro encargadas de procesar los sonidos y aquellas relacionadas con las emociones.
Por eso, un ruido que para la mayoría pasa desapercibido puede convertirse en una auténtica fuente de malestar para otra persona.
La misofonía suele comenzar durante la infancia o la adolescencia y, con frecuencia, se mantiene durante la vida adulta. Además, puede aparecer junto a otros trastornos como la ansiedad, el trastorno obsesivo-compulsivo o el tinnitus, aunque también puede darse de forma aislada.
Actualmente no existe una cura específica para la misofonía, pero sí hay estrategias que ayudan a reducir su impacto en el día a día.
Los especialistas suelen recomendar acudir a un psicólogo o a un profesional de la audición para realizar una evaluación completa. Dependiendo de cada caso, la terapia cognitivo-conductual puede ayudar a aprender técnicas para gestionar la reacción emocional ante los sonidos desencadenantes.
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