Esa clásica escena familiar en la que un padre saca sus herramientas para reparar una silla coja, un electrodoméstico ruidoso o cualquier aparato que se hay estropeado es mucho más que un simple método de ahorro. Según la psicología, este hábito esconde una profunda necesidad emocional y una forma de reafirmar su identidad y su rol dentro del hogar.
A través de diferentes enfoques y teorías, se pueden entender los verdaderos motivos de esta conducta.
Para muchos hombres, de generaciones anteriores, su valor y su identidad se construyeron bajo la premisa de ser proveedores y protectores capaces de solucionar problemas. Según The Economist Times, al reparar algo, se demuestran a si mismos y a su entorno que siguen siendo útiles, resolutivos y necesarios para el bienestar familiar.
Esta teoría fue desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan. Arreglar un objeto por cuenta propia cubre tres necesidades psicológicas fundamentales: la competencia (demostrar que se sabe hacer algo), la autonomía (resolverlo sin depender de los otros) y la conexión. Esta combinación genera un fuerte sentimiento de bienestar. Los especialistas también hablan de las experiencias de vida al referirse que muchos padres crecieron en una época donde el desperdicio no formaba parte de la vida cotidiana. Fue así como frases del tipo “si todavía funciona, no lo tires” formaron parte de su educación.
Dicha teoría fue desarrollada por Daniel Kahneman, Jack Knetsch y Richard Thaler. Los objetos acumulados en casa no son solo cosas materiales; representan vivencias, personas o épocas pasadas. Reparar un mueble antiguo por ejemplo es, en realidad, un intento de conservar la historia familiar y proteger esos vínculos emocionales.
Hubo un tiempo en el que en muchas familias el amor no siempre se ha expresado con palabras o abrazos. Arreglar una bicicleta o ajustar una puerta es la manera práctica y silenciosa que tienen muchos padres de decir “te quiero” y cuidar de los suyos.
Ponerse a reparar algo requiere concentración, paciencia y lógica, lo que funciona como un vía de escape (o estado de flujo) para desconectar de las tensiones diarias. Fue Mihaly Csikszentmihalyi quien propuso esta idea que puede convertirse en un espacio de calma y reducir el estrés.
En conclusión, frente a la cultura actual del “usar y tirar”, que suele generar choques generacionales, la insistencia de los padres por dar una segunda vida a los objetos rotos rara vez tiene que ver con la tacañería. Es más bien una bonita y a la vez silenciosa forma de preservar recuerdos, mantener un propósito de vida y seguir cuidando a las personas que amamos.
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