hijo comer

Una nutricionista explica por qué no deberías obligar a tu hijo a comer: «Bajo ninguna circunstancia»

Los riegos de la presión en la alimentación

Adriana Díez

Obligar a comer a nuestros hijos es una práctica de lo más habitual cuando estos nos hacen perder la paciencia porque no les gusta lo que hay en el plato. Y aunque se trate de una dinámica muy común y probablemente heredada de las formas de educación que nuestros padres utilizaban con nosotros, una nutricionista asegura que podría tener el efecto contrario en el menor, perjudicando su relación con una alimentación sana y equilibrada.

Una nutricionista explica por qué no deberías obligar a tu hijo a comer

En una entrevista para Gastro SER, la nutricionista Naila Martínez se mostraba tajante con el tema: «Bajo ninguna circunstancia. Obligar, no. Sí se puede animar, se pueden crear estrategias para que prueben. Cuando hablamos de probar, muchas veces pensamos que se acaben comiendo el alimento, pero probar puede ser tocarlo con las manos».

Además asegura que el momento de la comida debe centrarse en la naturalidad a la hora de introducir nuevos alimentos en la dieta infantil, evitando la presión o los conflictos en la mesa: «Animar, crear juegos, montar dinámicas… no es necesario que montemos una clase de educación infantil, pero sí intentar que el momento de la comida sea como cualquier otro momento, como cuando contamos un cuento o jugamos con la pelota o realizamos cualquier actividad con los niños y niñas, para que sea lo más llevadero y agradable posible y así quieran experimentar, probar y repetir».

 

Ver esta publicación en Instagram

 

Una publicación compartida de Gastro (Cadena SER) (@gastroser)

Además, cuando el entrevistador preguntaba si en algunos casos se podría recurrir al chantaje, la experta ponía un ejemplo claro, advirtiendo de sus consecuencias. Según explicaba, cuando se recurre a este tipo de estrategias, suele hacerse desde la idea de que el niño será recompensado con aquello que «está rico». De este modo, el azúcar o determinados postres acaban asociándose con lo «bueno», mientras que el resto de alimentos pierden ese valor positivo, lo que puede condicionar negativamente su relación con la comida a largo plazo.

MÁS SOBRE: