
La respuesta de los profesionales es clara. El castigo físico no es una herramienta educativa eficaz. Una bofetada puede conseguir que un niño deje de hacer algo en ese instante, pero no significa que haya entendido por qué su comportamiento no era adecuado.
Así lo explica la psicóloga infantil y juvenil Núria López Patón, del Hospital Sant Joan de Déu. Según la especialista, una bofetada suele aparecer cuando el adulto se desborda ante una situación de frustración o impotencia. Es un acto impulsivo que busca corregir una conducta, pero «no funciona».
Cuando un niño tiene una rabieta, grita o se niega a hacer algo, no siempre está intentando desafiar a sus padres. Muchas veces está expresando emociones que todavía no sabe gestionar. Por eso, los expertos recomiendan que los adultos intenten mantener la calma y ayuden al menor a poner nombre a lo que siente.
La diferencia es importante. Un golpe puede detener una conducta, pero no enseña qué hacer en su lugar. Además, el menor puede aprender que la violencia es una forma válida de resolver los conflictos.
Los niños aprenden a relacionarse a partir de los modelos que tienen cerca. Si reciben respuestas agresivas, existe el riesgo de que reproduzcan esa violencia en otros entornos. También puede deteriorarse la relación entre padres e hijos y resultar más difícil construir un vínculo basado en la confianza.
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