Hace un tiempo hablábamos de cómo el Institute for Color Research demostró que los colores afectan al estado de ánimo. Tanto es así que incluso hay una disciplina que estudia las reacciones que provocan los colores en las emociones y en las conductas personales, se llama psicología del color.
Además, los colores que utilicemos en la decoración de nuestra casa influyen en nuestro estado de ánimo, ya que tal y como explica la psicóloga Miriam González en declaraciones a El País, «el color es un generador de estímulos y emociones que puede hacer de nuestra vivienda un lugar donde sentirnos a gusto, seguros y relajados».
González lo explica así: «Los colores nos producen estímulos visuales que, de manera inconsciente, influyen en nuestro estado de ánimo» y añade «El sistema límbico del cerebro –responsable de las emociones– reacciona ante estos estímulos. Los seres humanos responden de una manera estandarizada debido a nuestra capacidad visual y nuestra adaptación biológica al medio»
En este sentido, la psicóloga Laura Ferreira explica en Cadena Ser que el color que más tranquilidad aporta es el blanco; el azul recuerda el mar y el cielo, se asocia con naturaleza, por ende, relajante, fresco y acogedor tal y como explica Laura Gutiérrez, estilista visual en BoConcept; el amarillo simboliza felicidad y tiene connotaciones muy positivas, y el rosa transmite calma, aunque psicológicamente también es muy poderoso porque representa el color de lo femenino.
Pero Ferreiro también habla de colores de los que hay que huir, como el rojo que aunque es muy estimulante se asocia a peligro y tensión, el verde que puede perturbar a algunas personas a pesar de estar vinculado a la naturaleza y la esperanza, el naranja que «puede ser un color muy desafiante, y se asocia a personas que les van los retos, personas que necesitan mucho estímulo» y, por último, el negro que «puede dar la sensación de tristeza, depresión, frialdad o soledad si se utiliza como color dominante».
González habla de manera más general de colores fríos y cálidos: “Cuando hay luz, nuestro campo visual es mayor, estamos cómodos y seguros porque vemos, la sensación es placentera. Es lo que ocurre con los colores cálidos que se asemejan a luz natural. En cambio, con ausencia de luz o con colores más fríos, nuestro cerebro reacciona o bien poniéndose en alerta porque tenemos más dificultades para ver, o relajándose porque interpreta la oscuridad como descanso”.
Otra forma de crear espacios a partir de colores es siguiendo las directrices de la naturaleza según la estación del año, algo con lo que conseguiremos sentir más nuestros espacios porque «nuestro cerebro está acostumbrado a asociar los colores y la época del año» explica en el mismo medio Iciar García, responsable del Departamento Retail Solutions de IKEA. En verano los colores más acertados serían los amarillos, azules, blancos, “todo lo que nos recuerda a sol, mar, playa…”. «En primavera, se utilizan los tonos verdes, rosas y pasteles, y de fibras naturales, como la madera. Y en otoño e invierno, colores oscuros como mostazas, ocres, grises, purpuras y granates», explica.
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