Dormir es mucho más que una necesidad biológica, es una función vital. Se estima que pasamos un tercio de nuestra vida durmiendo, y no es casualidad.
Durante el sueño, el cuerpo lleva a cabo procesos fundamentales, como la eliminación de toxinas a través del líquido cefalorraquídeo, el equilibrio hormonal o la consolidación de la memoria. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando no dormimos durante un día entero?
Aunque pueda parecer soportable, estar 24 horas sin dormir puede tener efectos comparables a los de una intoxicación alcohólica.
De hecho, según el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU., después de solo 17 horas sin dormir, una persona presenta deterioro cognitivo similar al de una concentración de alcohol en sangre de 0,05%. A las 24 horas, esa equivalencia asciende a 0,10%, superando el límite legal para conducir en muchos países.
Los efectos no se limitan a sentirse cansado: incluyen irritabilidad, dificultad para concentrarse, pérdida de memoria a corto plazo, coordinación reducida, percepción sensorial alterada e incluso tensión muscular elevada.
Todo esto se debe a que el cerebro, en un intento por conservar energía, entra en lo que los expertos llaman “sueño local”, una fase en la que ciertas regiones neuronales se apagan brevemente mientras otras siguen activas.
Durante el sueño local, la persona puede parecer despierta, pero su capacidad para realizar tareas complejas se ve seriamente afectada. Si esta fase no logra compensar la falta de descanso, el cerebro entra en episodios de microsueño: momentos de desconexión total que duran entre 15 y 30 segundos, en los que la persona no es consciente de que está “dormida”. Esto puede suponer un riesgo serio, sobre todo en actividades que requieren atención continua como conducir o manejar maquinaria.
Además, un estudio reciente publicado en la revista Science Signaling concluye que la falta de sueño se comporta como un trastorno metabólico. El gasto energético en reposo aumenta, y las células más activas, como las neuronas, comienzan a sufrir un desequilibrio de recursos. Se alteran procesos esenciales como la formación de sinapsis, lo que afecta directamente a la memoria, el aprendizaje y la estabilidad emocional.
Las consecuencias de la privación de sueño no se limitan a casos extremos como el de pasar un día entero despierto. Dormir menos de lo recomendado de forma habitual puede tener efectos acumulativos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece que los adultos deben dormir al menos siete horas por noche, mientras que los adolescentes necesitan entre ocho y diez horas.
En cualquier caso, para la mayoría de las personas, dormir es esencial. Y quedarse despierto 24 horas, lejos de ser un acto inocente, puede tener consecuencias similares a una borrachera, tanto a nivel físico como mental.
Priorizar el descanso no es solo una cuestión de comodidad, sino una clave fundamental para el bienestar y el rendimiento diario.
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